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Curar las adicciones, controlar al narco

Luis Tamayo Pérez es Profesor investigador de la Universidad de Querétaro.     Curar las adicciones, controlar al narco Healing addictions, controlling drug trafficking Luis Tamayo Pérez es Profesor investigador de la Universidad de Querétaro. Resumen El nuestro es un mundo adicto. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad no sólo es adicta a sustancias, también lo…


Luis Tamayo Pérez es Profesor investigador de la Universidad de Querétaro.

   

Curar las adicciones, controlar al narco

Healing addictions, controlling drug trafficking

Luis Tamayo Pérez es Profesor investigador de la Universidad de Querétaro.

Resumen

El nuestro es un mundo adicto. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad no sólo es adicta a sustancias, también lo es a muy diversas prácticas. Y cuando alguien pretende dejar atrás aquellas que le resultan molestas no puede sino darse cuenta de lo difícil de la empresa. Es entonces cuando busca a un psicoanalista. Afortunadamente, el psicoanálisis ofrece pistas para la comprensión y, en su caso, curación. Sin embargo, a escala social, eso es sólo la mitad del problema. El narcotráfico es un grave flagelo a comprender y controlar. En este ensayo revisamos todo ello, de forma breve, aunque cuidadosamente.

Palabras clave: Adicciones, Narcotráfico, Psicoanálisis.

Abstract

Ours is an addicted world. Humanity is not only addicted to substances, it is also addicted to practices. And when someone tries to free themselves from their addictions, they realize that they can not do it. Fortunately, psychoanalysis offers some clues to understand and heal addictions. Although we know that that is only the half of the problem. Drug trafficking is also a serious scourge to understand and control. In this essay we review all this briefly but carefully.

Keywords: Addiction, Drug trafficking, Psychoanalysis

Vivimos en el tiempo de la toxicomanía de masas.

Mario A. Kameniecki.

Somos adictos a los combustibles fósiles.

Kurt Vonnegut.

Introducción

El nuestro es un mundo adicto. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad está habituada no sólo al tabaco, el alcohol, el peyote, la marihuana o el opio, también lo es al consumismo, a las redes sociales, a la pornografía, al azúcar y hasta al consumo de combustibles fósiles como bien indicó Vonnegut.

Y esas adicciones, en algunos casos, dejan de ser socialmente benéficas (conectando, por ejemplo, a los chamanes con los dioses o liberando del dolor a quienes sufren de graves enfermedades o de abandono total) y se convierten en mortíferas (como es el caso en algunos derivados modernos del opio). Y cuando sus consumidores se dan cuenta del riesgo en el que se encuentran y pretenden deshabituarse de ellas es cuando se dan cuenta de que no es fácil hacerlo.

Aquí debo dejar perfectamente claro que la pretensión de erradicar las adicciones no es algo de la competencia del psicoanálisis. Para el análisis no se trata, como bien refieren George-Henri Melenotte (2005), Mario Domínguez Alquicira (2019) o Vladimir García Radilla (2020), ni de proscribir el uso de las drogas, ni de exorcizarlas o educar a los jóvenes en su contra.

El psicoanálisis, enseña Lacan (1966: 585ss) en La dirección de la cura, no es una práctica reeducativa ni moralizante (Principios 1 y 2). El psicoanálisis tampoco es, como si corresponde a legisladores, médicos o psiquiatras, un “guardián del bienestar general” (Domínguez Alquicira, 2019: 41). No toca al análisis proscribir o vigilar, le corresponde analizar. Sólo en el caso de que alguien considere molesta la sustancia o la práctica a la que se encuentra habituado es que el psicoanálisis tiene algo que hacer ahí. Esto es algo que nunca se debe olvidar.

Sabemos también que muchas sustancias tienen, desde tiempos inmemoriales, usos rituales –desde las sustancias que las pitias o las vestales utilizaban para entrar en trance profético hasta las prácticas con el peyote de los Wixarika o con los hongos alucinógenos por parte de María Sabina y sus seguidores. En buena parte de la historia de la humanidad muchas sustancias que ahora son consideradas como “plantas del diablo” eran “enteógenas”, es decir, hacían morar a quien se servía de ellas en los recintos de los dioses. Siglos después su uso ha pasado de ser ritual o terapéutico —lo que Freud pretendió con la Coca— a “recreativo” e incluso “erótico” —“violación cerebral” llamó Henri Michaux (1987) al efecto que generaba en él la mezcalina.

En el caso de los hábitos también muchos de ellos pueden pasar de “buenos” a “malignos”. Recordemos algunos:

  • La lectura. Este hábito puede enriquecer la vida de quien lo tiene… o hacerlo vivir a tal grado en un mundo imaginario que puede enloquecerlo… tal y como se afirmaba ocurrió con el Don Quijote de Cervantes… o como ocurre con esos ciudadanos que piensan que por sólo desear algo, porque sea posible o porque lo hayan hecho otros se supone que, casi mágicamente, deben ocurrir tales cambios soñados;
  • Entretenerse con la Televisión y en nuestros días, con los gadgets electrónicos y sus “redes sociales”. Tales prácticas pueden ser muy divertidas. Sin embargo, en algunos casos vacían la experiencia vivida del televidente o lo hacen morar —y sufrir— en ámbitos que sustituyen al mundo real.
  • El ejercicio físico. Este hábito puede mejorar el cuerpo y la salud de quien lo sufre… y en algunos casos las endorfinas que la actividad libera pueden ser tan adictivas que el ejercicio puede ocupar la vida toda del adicto;
  • El trabajo. Este hábito habitualmente mejora la vida de quien lo sufre… aunque en ocasiones, cuando todas las demás actividades –el vínculo con la pareja, con los hijos o las amistades, por ejemplo— quedan anuladas por su impacto, los beneficios del mismo pueden ser más que cuestionables;
  • El anhelo de santidad. Este hábito, si bien puede enaltecer la vida del adicto, en ocasiones lo puede enloquecer a tal grado que puede convertirlo en un puro y simple fanático.

Afortunadamente los hábitos o las sustancias adictivas, como bien indicó Menninger (1972) no a todos encadenan. Hay algunos que son capaces de fumarse un churro de mariguana o una botella de alcohol y nunca más tener la necesidad de repetir la experiencia. Hay otros, sin embargo, a quienes la primera experiencia marca de tal manera que no pueden renunciar nunca más a ello, convirtiéndose en verdaderos esclavos de la sustancia o de la práctica. En la actualidad, desgraciadamente, todavía desconocemos el mecanismo que hace que la misma sustancia haga a algunos adictos y a otros no.

Lo que sí sabemos es que, una vez establecido el hábito –la adicción—, es muy difícil dejarlo atrás. Somos verdaderos aficionados con nuestros hábitos y la esclavitud a algunos de ellos es capaz de arrastrar nuestra vida toda.

La experiencia analítica da testimonio de lo difícil que es “pasar a otra cosa” respecto a las adicciones. Ellas producen goce… y, como bien indicó Lacan en el Seminario L’angoisse, éste es mortífero pues anula al sujeto:

“La voluntad de goce en el perverso, como en cualquiera, es voluntad que fracasa, que encuentra su propio límite. Para decirlo claramente, el perverso no sabe al servicio de que goce ejerce su actividad”.

Tampoco debemos olvidar que la adicción a una sustancia, como todo síntoma, es la mejor solución del sujeto a su situación. Todo síntoma es, nunca lo olvidemos, un intento de curación. La adicción, en la lectura de Le Poulichet realizada por Domínguez Alquicira (2019: 89), es “una tentativa última de mantenerse fuera del mundo; procura establecer cierta distancia o poner límite al goce del Otro”:

“La pregunta que se impone es como desprenderse de ese abrazo mortal con La Madre, cuando ningún significante le permite al sujeto producir la separación respecto del Otro primordial o poner coto a su goce, no frenado por la función fálica”.

O, dicho a la manera de ese brillante literato llamado Ambrose Bierce:

Debilidad, s. Facultad innata de la mujer tiránica que le permite dominar al macho de la especie, sujetándolo a su voluntad y paralizando sus energías rebeldes.

Aunque a él su tiránica y calvinista madre no acabó de dominarlo y le permitió escribir su Diccionario del diablo (publicado completo en 1911), del cual extraje la cita. La adicción a la sustancia, entonces, tendría el importante objetivo de poner límites a una poderosa Ley materna que, cuando comenzó a instalarse como la Ley dominante, no encontró un Tercero que lograse detener al devorador deseo materno. Es entonces cuando, en tanto síntoma, la sustancia aparece como una manera de poner límites al dominio de dicha Ley materna. Ese beneficio secundario del síntoma de la adicción es lo que hace más difícil la deshabituación en la cura de las adicciones.

Afortunadamente para su tratamiento, la adicción, también por tratarse de una solución sintomática, es una incompleta solución. La adicción, al hacer que el adicto pierda la consciencia cuando está bajo el influjo de la sustancia, justifica la severidad de la Ley materna y, al hacerlo, establece un círculo vicioso (severidad-evasión-severidad-evasión) que puede pasar de padres a hijos. El síntoma de la adicción, por su naturaleza, se transmite generacionalmente. Y eso es algo que, cuando el que intenta deshabituarse de una adicción percibe, genera un impulso adicional a su empeño por dejar la sustancia o la práctica.

Corresponde al analista establecer, en cada caso, las figuras precisas mediante las cuales se escriben la Ley materna y los diversos síntomas y actores que ocurren en cada caso. Es ahí donde se encuentran las pistas que permiten acompañar la curación de los adictos. Estudiémoslas con cuidado.

El imprescindible preámbulo

De los factores que influyen en las perspectivas del tratamiento analítico y pueden dificultarlo en la misma forma que las resistencias, no se cuentan tan sólo las características yoicas del paciente, sino también las del analista.

Sigmund Freud.

No se puede dar lo que no se posee. Este conocimiento obvio es requisito indispensable para que un tratamiento contra las adicciones funcione. Es necesario que el terapeuta haya logrado pasar a otra cosa respecto a su propia locura —es decir, en este caso, aquellas adicciones que lo lastimaban o empobrecían su vida— y conozca con detalle, por haberlo vivido en su propio análisis, las vicisitudes del tratamiento y su desenlace. Como gustaba repetir Freud: el mejor terapeuta es el paciente curado. Al respecto no sobra recordar una anécdota atribuida a Mahatma Gandhi:

En una ocasión una madre llevó a su hijo de seis años a casa de Mahatma Gandhi y le suplicó:

– Se lo ruego, Mahatma, dígale a mi hijo que no coma más azúcar. Es diabético y arriesga su vida haciéndolo. A mí ya no me hace caso y sufro por él.

Gandhi reflexionó y dijo:

– Lo siento señora. Ahora no puedo hacerlo. Traiga a su hijo dentro de quince días.

Sorprendida, la mujer le dio las gracias y le prometió que haría lo que le había pedido. Quince días después, volvió con su hijo. Entonces, Gandhi miró al muchacho a los ojos creando una gran conexión y le dijo:

– Chico, ¡Deje de comer azúcar!

Agradecida, pero extrañada, la madre preguntó:

– ¿Por qué me pidió que lo trajera dos semanas después? Podía haberle dicho lo mismo la primera vez que vino.

A lo que Gandhi respondió:

– Hace quince días, yo comía azúcar.

El filósofo Martin Heidegger (1983) refería la misma idea con el concepto de Fürsorge (traducida por José Gaos como Procurar por), es decir, la capacidad de liberar a otros, la cual, para poder cumplirse debía, necesariamente, tener como antecedente la liberación de sí mismo. Freud y Lacan no se equivocaban: no se puede entregar lo que no se ha obtenido.

La importancia de un buen inicio

El Dr. Marcelo Pasternac acostumbraba contar en el seminario que impartía en el ITESM campus Ciudad de México una anécdota sobre el comienzo del tratamiento analítico, la cual versaba más o menos así:

“En una ocasión vino a verme una persona que al solicitar su cita dijo que sufría de alcoholismo. En su primera sesión inició su discurso diciendo:

  • “Vengo aquí porque mi esposa me dijo que tenía que hacerlo”.
  • “Y… ¿Usted hace todo lo que su mujer le dice?
  • Ah… no ¿verdad?

Pues no.

  • Entonces ya me voy.

De acuerdo.

  • Y tan pronto lo dijo, el sujeto se levantó y abandonó el consultorio sin que el analista chistara.

Quince días después, narraba Pasternac, el paciente regresó… pero ya sin el pretexto de que acudía porque su mujer se lo había pedido. Regresó admitiendo que era él quien quería dejar el alcohol”.

Que la demanda quede bien clara desde el inicio del tratamiento –nos enseñó el Dr. Pasternac— es clave para el éxito del mismo.

El tiempo para comprender

En el curso del análisis, aquél que pretende dejar atrás una adicción no puede impedir sufrir de recaídas, su cuerpo, su vida, deben desacostumbrarse a la sustancia y eso lleva su tiempo.

Un hábito, indica la psicología conductual, puede ser dejado atrás y para ello deben seguirse una serie de pasos bien establecidos: identificar el hábito, decidirse a abandonarlo, localizar la meta para sustituirla y el disparador para evitarlo y, finalmente, recompensarse por haberlo logrado. Los psicólogos reconocen que, sin embargo, si bien ese tratamiento produce en algunos casos avances, nunca es suficiente y sobre todo cuando se trata de adicciones graves, de esas que involucran sustancias físicamente adictivas.

Como no es infrecuente que, en el curso de un análisis (en el tiempo para comprender) el analizante se trate a sí mismo como a una rata de Skinner… su analista es testigo de la manera como prueba los procedimientos de la psicología conductual… aunque sin mucho éxito. No tarda mucho tiempo en darse cuenta de que la voluntad es pequeña respecto al poderío del deseo inconsciente.

Otro camino que también toman con frecuencia los analizantes es el de interrogar su historia con el objeto de encontrar en ella los “traumas” que predispusieron la adicción y que sólo por recordarlos, mágicamente la anularían. Esa búsqueda rinde pocos frutos y es muy desmotivante. Hasta que la transferencia viene en su apoyo y empiezan a aclararse los elementos clave que el terapeuta, por su propia experiencia vivida, le regala. Es sólo entonces cuando el adicto empieza a vislumbrar la salida.

El momento de concluir: la vinculación con la identidad

El toxicómano no existe.

Markos Zafiropoulos

Desde hace muchos años, los Alcohólicos Anónimos (AA) enseñan que, cuando el asociado se convierte en “predicador”, es decir cuando, después de haberse sometido a un Tercero omnipotente —al “jurarse ante Dios” o “ante la virgen de Guadalupe”—, asume como su tarea vital lograr que otros abandonen el alcohol, es cuando pueden estar seguros de que el “alcohólico sin alcohol” que es el “predicador” tendrá verdaderamente la posibilidad de mantenerse sin la sustancia de manera duradera… al menos en todos aquellos años en los que se dedique a “predicar”. Los AA nos enseñan que sólo cuando se establece el lazo con la identidad es que se puede dejar atrás, de manera más o menos duradera, una adicción. Los AA encontraron, casi sin darse cuenta, una potente cura pasajera.

Ese hallazgo muestra que cuando la cura se asocia firmemente a la identidad: “yo soy aquél que venció al hábito tal” es que la cura se establece claramente, pues la identidad –no la imaginaria sino la simbólica— es lo único que se conserva hasta el fin de nuestros días. Esa nueva nominación, asimismo, corresponde a aquello que habría hecho innecesaria la adicción a la sustancia pues atestigua la presencia de un Tercero — la nominación— que puede separar definitivamente de La Madre.

Aunque, nunca olvidemos, como bien indica Freud en sus escritos sobre técnica analítica (1912), “un solo caso puede hacer derrumbar todo el edificio del psicoanálisis”, es decir que cada caso escribe su historia y tratamiento. Como bien nos recuerda Domínguez Alquicira (2019: 256):

Así como decimos que el adicto no es meramente una víctima pasiva de la sustancia, como lo concibe el abordaje médico tradicional, debemos aceptar que no puede postularse un mismo tipo de tratamiento para todos.

La práctica analítica muestra los elementos clave para lograr, verdaderamente, dejar atrás un hábito, una adicción —en el caso, no sobra reiterarlo, de que el que la sufre quiera hacerlo. Desgraciadamente, ese logro es apenas la mitad de la solución… y no la mas difícil. La adicción a las sustancias depende, obviamente, de las sustancias accesibles en la circunstancia del sujeto. Y tratar ese asunto nos obliga a pensar sobre el fenómeno actual del narcotráfico y su naturaleza. Como podremos apreciar, lograr dejar atrás el problema del narco es muchísimo más complicado. Estudiémoslo con cuidado.

Controlar a la Gran Corporación del Narco

En nuestros días, El narco constituye una de las corporaciones más extendidas y exitosas de todo el orbe.

En México debemos el crecimiento exacerbado de la Gran Corporación del Narco –esa que es dueña de regiones enteras esclavizando a sus pobladores y manteniéndolos en un verdadero estado de sitio— al expresidente Felipe Calderón, el cual decidió hacer la guerra al narco de la manera más torpe posible —la inició sin haber antes corroborado ni la lealtad de su ejército ni haber establecido una estrategia de combate inteligente y efectiva—, razón por la cual perdió la guerra sumiendo a la nación entera en una situación que ha obligado a millones de ciudadanos a convertirse en “daño colateral” o, directamente, en algunos de los cientos de miles de muertos que esta “guerra de baja intensidad” ha generado.

La perdida guerra contra el narco, asimismo, ha sido increíblemente dolorosa y cara en México. Del 2007 al 2015 se duplicó el gasto destinado al ejército (de 52,000 millones a 112,000 millones de pesos anuales). En el mismo lapso, el INEGI contabilizó 185,000 homicidios ligados a esa guerra, así como 30,000 desaparecidos. Y aunque se detenga dicha guerra la criminalidad no se va a detener pues a causa del fenómeno han ingresado cantidades crecientes de armas cortas a México, lo cual hizo del negocio de la venta de armas en la frontera de los USA con nuestro país la actividad más lucrativa durante la administración de Obama. Tales armas importadas son las que, en nuestros días, utilizan los criminales para aterrorizar a la desarmada población mexicana.

Nuestra experiencia reciente muestra que en México no se puede vencer al narco por la vía de las armas. La China de Mao si logró hacerlo… pero gracias a contar con personajes como Sun Yatsen y con un pueblo armado y con una obediencia tal que rayaba en el fanatismo. En el liberal Occidente moderno no es posible optar por esa vía. Gozar de libertades civiles obliga a que el narco sólo pueda ser controlado.

Por tratarse de una corporación que cumple una función económico-social —dotar a los adictos de su sustancia— derrotar a la Gran Corporación del Narco requiere de estrategias económicas que la reduzcan y, finalmente, anulen. La manera más sencilla de reducirla es obligarla —como ya se hizo con la corporación del alcohol en la tercera y cuarta décadas del siglo pasado en los USA— a salir de la clandestinidad y convertirse en una empresa “como las otras”, es decir, con permiso del Estado para producir y distribuir sus sustancias pagando, por supuesto, los impuestos correspondientes. Esta estrategia de control —la legalización— fue lo que verdaderamente acabó con la gran corporación del alcohol que durante décadas mantuvo en pie de guerra a buena parte de una de las naciones más guerreras y armadas de la tierra: los USA. Basta leer con cuidado la historia reciente de dicha nación para darse cuenta de que la guerra contra la corporación del alcohol no se venció por las armas. Eliott Ness y sus intocables hubieran sido aniquilados si la guerra para mantener la prohibición del alcohol hubiese continuado. El alcohol estaba por todas partes y la armada de Ness, con el paso del tiempo, se reducía cada vez más. Ciertamente, haber encarcelado a uno de los principales capos —Al Scareface Capone— fue muy importante, pero no para derrotar a la corporación del alcohol sino para tomar la decisión de legalizarla. Alphonse Gabriel Capone (1899-1947) no era tonto, sabía perfectamente que el éxito de su empresa era una consecuencia directa de su clandestinidad (Thornton, 1991). Tal cualidad le permitía no tener que pagar impuestos, vigilar la calidad de su producto o pagar salarios estandarizados a sus trabajadores. Su carácter clandestino, incluso perseguido, es lo que hizo rentable a tal corporación y lo hace también, evidentemente, a la Gran Corporación del Narco que asola no sólo a nuestra nación sino a muchas otras en el globo. Si las yerbitas, pastillas y polvitos que la Gran Corporación del Narco distribuye clandestinamente a lo largo y ancho de la tierra debiese venderse a lo que realmente cuesta producirlas, en un juego de libre mercado, pagando impuestos, estableciendo normas de calidad para sus mercancías y salarios justos… no estoy seguro de que pudiese generar empresas tan rentables y producir capos tan adinerados. Una legalización que obligase a los “Señores del narco” a establecer legalmente sus empresas no sólo reduciría sus ganancias, sino que a todos los demás nos liberaría del flagelo de una guerra fratricida donde la ciudadanía ha quedado reducida a mero “daño colateral”.

Ya correspondería a los padres educar a sus hijos en el cuidado y distancia en el uso de tales sustancias, como ya deben hacerlo con el alcohol o el tabaco… y deberían hacerlo con la azúcar refinada, una de las sustancias más dañinas a la salud que la humanidad ha sintetizado. Deberían, asimismo, educar a sus hijos respecto a la limitación en el uso de los combustibles fósiles, esos a los cuales, nos recuerda Vonnegut, la humanidad es adicta desde hace más de un siglo y cuyas consecuencias nos amenazan con, de no cambiar el modo neoliberal de producción, generar la Sexta extinción masiva de las especies hacia final de este siglo.

Conclusiones

En resumen, desde el punto de vista analítico, lograr que sea posible que alguien deje atrás un hábito, una adicción, pasa por:

  1. Que el terapeuta conozca tal camino: que lo haya recorrido, conozca sus vicisitudes y haya llegado hasta el fin de su tratamiento.
  2. Que se haya establecido claramente la demanda: que el paciente, en primer lugar, esté interesado en abandonar la adicción y se comprometa consigo mismo a dedicarse decididamente a esa tarea.
  3. Que se identifiquen meta y disparador, es decir, que el interesado haga todo su esfuerzo para sustituir en la medida de lo posible lo que el hábito otorgaba y en evitar las situaciones que favorecían su ocurrencia.
  4. Que el terapeuta acompañe al adicto con la tolerancia y la puesta de límites que su propia experiencia le revelaron cuando dejó atrás sus propias adicciones.
  5. Que se establezca, mediante retos y demás acciones, el cuidado de sí bajo la forma definitoria de la identidad, es decir, como la de “aquél que pudo dominarse a sí mismo y pudo dejar atrás tal hábito”. La escuela antigua, aquella donde podía gozarse de scholé (ocio) en épocas pasadas, era el espacio establecido para detener la pleomaxia propia de las adicciones y lograr renombrar a aquellos que lo requerían.

Finalmente, lograr recuperar a las naciones del daño que le infringe la Gran Corporación del Narco pasa, así nos ha enseñado la historia, o por su exterminio –como enseña el caso de Mao contra los fumaderos de opio en China, el cual sólo puede ser realizado por un ejército bien ordenado y entrenado así como una estrategia perfectamente delineada y un pueblo fanático— o por su legalización, como nos enseña el caso de detención de la guerra contra la mafia del alcohol (1920-1933) ocasionada por la Ley seca (la “Prohibición”) decretada en los USA en octubre de 1919.

Por el bien de México sinceramente esperamos que la nueva administración del país proponga una estrategia verdaderamente efectiva para controlar al narco pues, de no lograrlo, el futuro de nuestra nación se verá gravemente comprometido.

Santiago de Querétaro, 14 de julio de 2020

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