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En Carta Psicoanalítica

 

Revista Carta Psicoanalítica
ISSN: 1665 - 7845

Número 3. Septiembre de 2003

La representación de la pureza y su cruce con la perversión

Fernando M. González [1]

Introducción

Entre las instituciones que administran lo invisible y predican lo inverificable, materializándolo, está la iglesia católica, la cual posee características específicas y generales, [2] que comparte con otras de su especie. Una de éstas es la que quisiera destacar especialmente, la que se podría denominar como la matriz productora de figuras inmaculadas. Dicha matriz, que también la podemos encontrar en otras iglesias y asociaciones políticas, no deja de tener ciertos elementos singulares en la institución mencionada.

Entre ellos, en diferentes ámbitos, hace proliferar las figuras sin mácula, las cuales están conformadas por diversas lógicas. No obstante, todas contribuyen a reproducir la institución y a mantener una representación idealizada de ella. A su vez, en un movimiento simultáneo, dicha representación contribuye a eufemizar, silenciar o suprimir prácticas y relaciones que asemejan a la iglesia católica con cualquier institución no sacralizada.

Dentro de esas figuras inmaculadas están las que tienen que ver con: 1) la fabricación de figuras ejemplares, como las de los santos y la institución papal; 2) la exaltación del cuerpo virginal, incorruptible y glorioso, como los de Cristo y la Virgen María, y 3) la propuesta de un cuerpo eclesiástico desprovisto de pasiones sexuales, voluntad de poder e intereses económicos, e investido de una buena y básica fe que se sostiene en una supuesta misión que sólo busca el bien de las almas.

Esta intersección de figuras ejemplares, poder moralizado, y cuerpos virginales incorruptibles y gloriosos, nos remite a las diversas maneras en que éstas se relacionan. En el caso que más adelante presentaré, se podrá apreciar la mencionada intersección en una de sus posibles variantes.

Se trata de la específica relación erótico-perversa que el fundador de la congregación religiosa de los Legionarios de Cristo estableció con algunos de sus discípulos. Intentaré describir y analizar la pedofilia del citado sacerdote, enmarcada en el campo religioso y en la de su propia institución. Por lo tanto, no me parece conveniente abstraerla en una especie de universo de la perversión reducido a lo intrapsíquico de un sujeto, sin considerar el contexto ni la circunstancia.

1. La inmaculada concepción como matriz de una hipocresía institucional

En el relato de la inmaculada concepción de María [3] encontramos elementos que nos permiten entender, en buena medida, porqué a la iglesia católica le resulta tan difícil enfrentar la vida sexual de su clero, y también porqué está condenada a una hipocresía estructural en este tema. Condensando al máximo los datos, [4] nos encontramos con el hecho de que a María se le informa que está preñada, aludiendo así a que no se dio cuenta cuando realizó el coito, a que, obviamente, tampoco sintió nada y, además, a que se mantiene virgen. La relación entre virginidad, sensación y acto sexual se encuentra perfectamente disociada.

Hay otros dos elementos que me parecen centrales para inspirar el análisis del caso Maciel. El primero tiene que ver con la acción divina en la que dios se permitió preñar a su elegida, la cual ya estaba comprometida con José. Es decir, no pareció importarle la situación en que dejaba al futuro marido y a la virgen embarazada, a quien arriesgaba según las costumbres de su pueblo, mínimo, al repudio. La ley arbitraria de ese dios irrumpe en la normatividad de su pueblo elegido sin ninguna consideración. El segundo se relaciona con la necesaria complicidad y secreto al que fue conminado el novio para que pudiera nacer el futuro niño maravilloso, que se llamaría Jesús.

Por otra parte, en la denominada "sagrada familia", los tres miembros son castos y uno de ellos, además, célibe. No obstante, hay un cuarto sujeto que desborda a esta trinidad: dios-padre, el no-casto, el cual envió a una de sus personas para autoengendrarse en su propio hijo. Esto implica que para que tres sean castos, es necesario que un cuarto -el que hace el "trabajo sucio"- no lo sea.

Sintetizando, la disociación entre acto y virginidad, la acción discrecional de dios, la aceptación silenciada y resignada del fruto de esa violación eufemizada, y la complicidad del novio burlado, conforman el modelo de la inmaculada concepción. Sobre éste se apoyará en parte la conformación de la carrera sacerdotal. Los sacerdotes tenderán, pues, a verse como aquellos que deben mantenerse castos como José, célibes como Cristo, y sexualizados-desexualizados como María.

Por otra parte, la iglesia católica al propugnar fehacientemente la matriz de las figuras inmaculadas, se condena a mantener en la sombra todo lo que la contradiga, pues es parte fundamental de su propia reprodución. Por ello, secreta en su seno, de modo casi "natural", una hipocresía estructural y protectora de lo inmaculado. Hipocresía que se atenúa en los momentos en que es excibida generalmente por los de fuera. Ya que entonces hará valer la otra cara de la que dispone para esas circunstancias a saber, la de la institución pecadora y muy humana, pero prometida por su dios para perseverar hasta el final de los siglos.

2 De víctimas victimarios y lazos de complicidad

De alguna manera, el psicoanalista sigue en parte la lógica de la novela, pero en vidas efectivamente vividas, y en el sentido señalado por Milan Kundera:

El hombre desea un mundo en donde el bien y el mal sean netamente discernibles, pues está en él el deseo innato de juzgar antes de comprender. Sobre ese deseo están fundadas las religiones y las ideologías. Ellas no pueden conciliarse con la novela [...] ellas exigen que alguien tenga razón.

[...] En este "o bien o bien" está contenida la incapacidad de soportar la relatividad esencial de las cosas humanas, la incapacidad de mirar de frente la ausencia del juez supremo. Por causa de esta incapacidad, la sabiduría de la novela (la sabiduría de la incertidumbre) es difícil de aceptar y comprender. [5]

Un psicoanalista no puede conformarse con un mundo narrativo y vivido en el que se delinie claramente los seducidos y los seductores, los fascinados y los fascinantes, los amados y los amantes. Sin embargo, en su incómoda posición que, ciertamente, no es la del juez ni la del escucha neutral, pero tampoco la del novelista, no puede dejar de reconocer la asimetría que se instaura entre estos pares, ni darse el lujo de desconocer -a pesar de la relatividad esencial-, las diferentes lógicas, contextos, y la específica relación de poder que los constituye y que los vuelve no equiparables. Relación de poder asimétrica y en en ciertos casos como en los del abuso sexual, violenta. Esta posición es incómoda porque al psicoanalista no le es permitido rehuir los puntos de intersección en los que se dan las complicidades, lo que hace que en cierta medida se desdibuje la contundencia de lo que, a primera vista, conforma los citados pares en oposición.

Ahí en donde el fascinado se engancha con el que considera carismático, ahí en donde el seducido siente que el seductor se vuelve irresistible, ahí en donde el amante se pone a disposición del amado, [6] ahí en donde el abusado se entrega al abusador, [7] la escucha psicoanalítica busca entrever de qué manera el que está en situación no dominante contribuye aun sin saberlo, ni quererlo concientemente a su propia sumisión o abjección. El psicoanálisis sabe al menos que el que se instaura como víctima consistente le rinde un homenaje oblicuo al que denuncia como la causa de sus sufrimientos, y algo más, que por el hecho de colocarse de esa manera se condena a quedar atrapado en la relación, ya que se priva de asumir margen de libertad del que goza -o gozó- en aquello que lo mantiene ligado al otro.

Desde otro lugar, pero en la misma problemática, un sociólogo como Pierre Bourdieu, a propósito de la sumisión femenina, señala que:

[.] se puede decir simultáneamente y sin contradicción que ella es espontánea y extorsionada, [y esto no se comprende, a menos] que se tomen en cuenta los efectos durables que el orden social ejerce sobre las mujeres (y los hombres), es decir, las disposiciones espontáneas en acuerdo con este orden que se les impone. La fuerza simbólica es una forma de poder que se ejerce sobre los cuerpos directamente, y como, por magia, fuera de todo constreñimiento físico [...] acción transformadora tanto más potente en la medida que se ejerce, en lo esencial, de manera invisible [...] [8]

En síntesis, hay que tener mucho cuidado al utilizar las nociones de inconsciente y hábitus, [9] para no convertirlas en elementos ciegamente deterministas, moralizantes o incluso paranoizantes, utilizando una lógica del tipo:"seguro que tu algo hiciste para provocar a tu abusador". Y menos aún,o para volver equivalentes a los actores. Las diferentes maneras de estar implicados aquellos que estuvieron colocados en las posiciones de dominador y dominado, varía mucho. Y esto según edades, tipo de acto, quien fue el seductor, en que contexto, por cuanto tiempo, y que margen de libertad existió etc.

3. Condiciones que posibilitan el ser seducido y abusado sexualmente en una institución total

El caso del fundador de la congregación mexicana de los Legionarios de Cristo [10] resulta, en buena medida, paradigmático de cómo la jerarquía de la iglesia católica -mexicana y vaticana- y la propia institución, aunados a una inextricable red de complicidades -armada en relevos y que obedece a diferentes intereses y estrategias- [11] impidió, en su momento, que saliera a la luz la información sobre las actividades sexuales y adictivas del sacerdote Marcial Maciel Degollado.

La existencia de dichos relevos no quiere decir que los diferentes actores implicados -jóvenes aspirantes al sacerdocio, sacerdotes, obispos, padre de familia, empresarios, mecenas, medios de comunicación, etcétera-, se hayan necesaria y explícitamente puesto de acuerdo entre ellos.

Cuando finalmente se hizo pública parte de la vida sexual y adictiva de Marcial Maciel, a mediados de 1997, [12] se cubrió paras algunos de un velo de inverosimilitud. Como bien señaló en algún lugar Jorge Semprún, "La verdad no basta, tiene que ser verosímil". Sin embargo, a esto se le puede añadir, sin anular lo anterior, lo que agudamente señaló Juan Villoro: "la realidad ocurre sin pedir permiso, y no tiene obligación de parecer verosímil". [13]

La forma de actuar de Marcial Maciel introduce uno de los máximos grados de disonancia en la figura de sacerdote que promueve la iglesia católica. Sin embargo, no todo se reduce a su persona, ya que la red institucional y social en la que Macial se movía -y se mueve-, constituye un sistema en el que la posibilidad de la denuncia por parte de los directa e indirectamente implicados queda, en buena medida, neutralizada.

Para entender cómo se dan una serie de seducciones y violaciones en una institución de las características de la de los Legionarios, y cómo pueden prosperar por tanto tiempo, es necesario describir algunos elementos contextuales que preparan y condicionan el habitus de las víctimas, que para algunos resultan determinantes:

1) primeramente, los jóvenes han tenido que ser sometidos a un proceso de inducción, en el cual sus familias y medio social valoren la profesión sacerdotal por encima de cualquier otra. Este tipo de valoración construida se transforma en una vocación que responde a una elección-llamado de un dios, la cual implica, a su vez, la obvia creencia en ese ser, quien supuestamente elige a una minoría para su servicio; [14]

2) presupone, al mismo tiempo, la valoración de una congregación religiosa sobre otras, que servirá como instancia mediadora para que esa "vocación" se articule con el "llamado";

3) también, estar inmerso en una institución total -en el sentido de Erwing Goffman [15] -, en la que los sujetos están, en buena medida, distanciados de sus relaciones sociales familiares. Y, además, sometidos a lazos intensos, bajo la cobertura de un solo principio de realidad institucional, como fue el caso de la mayoría de los sodomizados y seducidos;

4) asimismo, es necesario haber sacralizado a tal grado el lugar del seductor -en este caso, el del fundador-que se vuelva extremadamente difícil resistírsele. Y en la situación que nos ocupa, haber sido sometido a las estrategias de seducción y de exaltación del personaje en cuestión como de un santo en vida;

5) del mismo modo, haber sido adoctrinado en un discurso exacerbado y unilateral acerca de la pureza. Que prepara para la seducción y el atrapamiento en la culpa;

6) Participar de una omerta [16] que implica, entre otras cosas, una densa red de complicidades avaladas por la idealización de la congregación y del personaje seductor, la salvaguarda de la institución, los códigos de obediencia sostenidos en un voto de no hablar mal de un superior, y la inextricable mezcla de culpa, inocencia e ingenuidad traicionada. Y sumado a esto, la existencia de un Derecho Canonico paralelo que protege a los sacerdotes de ser juzgados por las leyes que rigen al resto de os ciudadanos.. Y, por último,

7) las disposiciones psíquicas de cada uno que pasan por el inconsciente y no sólo por el habitus.

Ahora, voy a describir algunos elementos de este habitus legionario, utilizando el testimonio de tres individuos que lo sufrieron.

La aceptación de testimoniar un acto de seducción y la manera en que la hacen los implicados significa exponerse públicamente a una inermidad, que sólo se puede entender como la imposibilidad de soportar por más tiempo un silencio y una complicidad con un seductor que ha dejado de representar al ser excepcional, y cuando se está dispuesto a encarar un pasado para tratar de entender de qué manera se participó en la relación violenta de seducción.

4. Vigilar, seducir , atrapar y callar

En el caso de los Legionarios de Cristo, la exaltación de la pureza no pasaba sólo por un discurso, examen y control de ésta por la dirección espiritual y la confesión, sino también por la forma de tener el edificio impoluto en el que los pisos, las paredes y las ventanas brillaban de limpios. [17] Pasaba también por cubrir ciertas imágenes que pudieran provocar una delectación del cuerpo femenino; acto más sugerente que represor.

Tal parece -señala el licenciado Pérez Olvera- que nada más había una virtud que era la pureza. Éramos muchachos sanos, pero nos metían lo de la pureza a tal grado que terminaron haciendo de ella una fijación. Todo para nosotros era pecado. La obsesión de ofender a dios era tal que ni siquiera para ir al baño me tocaba el pene. Y me la pasaba yendo al monasterio trapense que estaba al lado para confesarme. Esto desde niño, desde los 11 años, cuando entré. Y quiero decirle que ya en Roma estábamos rodeados de pinturas de desnudos. Una virgen amamantando al niño, era pecado. Era aberrante. Llegaban a la hipocresía que los libros de arte les ponían un papelito para que no se vieran. [18] Yo vivía con angustia. Me acostaba con el temor de morir. Uno no estaba sereno. Como si dios no hubiera creado el sexo. Y para colmo, el padre Marcial era una total hipocresía, no se vale que nos hubiera destrozado. [19]

Reforzando el multifacético clima de la pureza, el fundador escenificaba la creencia en su capacidad de leer las mentes de sus subordinados. Así, por ejemplo, el licenciado Antonio Pérez Olvera -ex legionario- señala que desde que entraban se les decía que a Marcial Maciel les bastaba verlos para saber si estaban o no en pecado. [20]

En el verano de 1953, en Ontaneda, el padre Maciel después de decir misa, se sentó dando la espalda al sagrario, muy desparpajado, y empezó diciendo: 'obras son amores y no besos ni coscorrones'. Lo dijo sonriendo. Y añadió: ¡qué barbaridad! Ahora que estaban ustedes comulgando vi en la mirada de algunos que se estaban acercando indignamente a recibir a nuestro señor. Entonces, inmediatamente, se levantó un niño -Tijerina- que era toda inocencia y dijo: 'yo fui, mon pére'. [21] Todos nos quedamos asombrados. Él interrumpió la plática, se levantó y lo acarició. Después, nos llamó a un grupo y comentó que ya no quiso seguir la plática porque 'ya vi que pipi Toño -así me decía a mí- también se iba a levantar a decir eso'. Yo pensé: qué malévolo es este señor. Yo ni siquiera lo iba a hacer. Imagínese qué martillazos nos daba en la conciencia para volverla cuadrada. Solamente lo que él decía era verdad. [22]

Creo que este ejemplo describe nítidamente cómo el fundador Maciel reforzaba su poder psicológico sobre sus subordinados, volviéndolos, aparentemente, transparentes a su mirada. Lo hacía con inducción previa, entre otros, del pecado de la impureza, de su supuesta santidad y de su palabra, en función casi dogmática. Si a todo lo anterior le añadimos la seducción sexual, y el lugar privilegiado que tenía éste para pasar al acto -la enfermería-, tendremos una muestra nada despreciable de las estrategias de atrapamiento utilizadas en su momento por Marcial Maciel.

Primer testimonio

Un día, en Roma, un compañero de Pérez Olvera le dice que lo busca el padre Maciel, quien lo esperaba en la enfermería, acostado en una cama. El legionario que lo conduce cierra por fuera la puerta.

Según el padre Maciel [...] mi hermano se masturbaba mucho. Era urgente ayudarlo para sacarlo del pecado, incluso acudiendo a la ayuda de la medicina. [...] Todo esto me lo contaba acostado yo estaba a su lado [de pié].

Había un famoso endocrinólogo en Madrid que se llamaba Gregorio Marañón [...] Sólo él podría ayudar a mi hermano, me dijo el padre Maciel. Lo único que necesitaba el doctor Marañón para hacerle un tratamiento adecuado a la [supuesta] desenfrenada sexualidad de mi hermano y recetarle la medicina apropiada era una muestra de semen.

Sin embargo, el padre Maciel no le tenía a mi hermano la suficiente confianza como para solicitarle la muestra requerida. Pensaba el padre Maciel que siendo yo su hermano y teniendo las mismas características genéticas, una cantidad de mi semen podría ayudarlo adecuadamente; lo arrancaría de su vicio [...] lo libraría de las garras del pecado y... casi casi, me convertiría a mí en un héroe anónimo.

Me preguntó -el padre Maciel- que si yo podría estar dispuesto a sacrificarme por mi hermano. Le dije que no, que mi hermano me importaba mucho, pero que no tenía la intención de cometer un pecado por ayudarlo, que estaba prohibido por la Iglesia [...] que lo más que yo podía hacer [...] era estar pendiente para el momento en que yo tuviera una emisión nocturna y recoger el semen de la sábana, guardándolo en un frasquito.

El padre Maciel me contestó que era una magnífica idea, pero que existía el inconveniente de que al derramarse el semen en la tela, no recogiera la cantidad suficiente para que el doctor lo pudiera analizar, y que, además, perdiera sus características de frescura. A estas alturas me encontraba excitado y rojo de vergüenza. [...]

Cedí por fin. Ni tardo ni perezoso, el reverendo padre Maciel me bajó los pantalones, los calzoncillos y empezó a manipularme como si fuera un experto en esos menesteres [...] Cuando ya estaba eyaculando sacó un frasquito para que lo llenara de semen: Incluso me hizo que le pegara en un papel la supuesta dirección del doctor Marañón.

Todo había terminado. No sabía dónde meterme de vergüenza. Sin embargo, me sentía satisfecho de que, a pesar de mi humillación, iba a ayudar a mi hermano y me había puesto sumisamente a merced de la voluntad de un santo, como el padre Maciel, que estaba santificando con sus manos y dándole trascendencia y valor divino a un acto que los simples mortales (y la misma iglesia) [...] consideraban un pecado.

Una vez que concluyó el padre Maciel su obra maestra, me preguntó que sí iría a comulgar. [23] Le contesté que no sabía. Me dijo que toda vez que había hecho una obra buena, podía acercarme a comulgar. No sólo eso. Me hizo prometer que ese acto heroico no lo comentaría a nadie ni en confesión. Acto seguido me dijo que debía hacer mis votos, no obstante la decisión que había yo tomado de no hacerlos. [24]

Fue necesario citar in extenso este relato para que no se perdiera una parte sustancial del proceso de seducción sufrido por uno de los testigos, quien ocupa la posición del que es seducido. La justificación para lograr masturbar al joven Pérez Olvera formó parte de las tácticas de Marcial Maciel que -como veremos más adelante, en el testimonio del doctor José Barba-, variaban según las circunstancias.

En todo caso, esa vez logró combinar su deseo sexual con el hecho que el seducido realice una "buena obra" por el hermano, supuestamente masturbador desenfrenado. Ya en ese entonces el retorcimiento para llevar a cabo su acto era manifiesto, y se podría describir así: "yo, que deseo masturbarte, necesito que me dejes hacerlo para que un tercero deje de hacerlo y se cure -vía Marañón- de lo que yo no puedo ni pretendo controlar".

Por cierto, en el relato falta la secuencia en donde Maciel le pidió que lo deje masturbarlo, y sólo aparece insistentemente aquélla en la que deseaba desesperadamente el semen "fresco". Sin embargo, si se lee con atención, se podrá apreciar con bastante nitidez el manejo paradójico de Maciel a su seducido, haciéndolo entrar en una situación insostenible en la que quedará a su merced, y en la que pone en juego elementos sumamente contradictorios. Por ejemplo: a) pedirle que cometa "pecado de impureza" -según los códigos de esa institución- para hacer una buena acción, y b) después de masturbarlo, preguntarle si va a comulgar, despejar sus dudas, y luego lo manda a hacerlo. Y no sólo eso, además le ordena que haga los votos.

El juego de la disonancia cognoscitiva y afectiva fue manejado por Maciel sin titubeos y con maestría, sabiendo que su persona estaba investida de una sacralización y del discurso autorizado. Por ello -como el dios de la inmaculada concepción-, podía pasar por encima de las normas que regían para todos, porque se concebía como un ser excepcional.

De otro lado, el habitus funciona casi a la perfección, aunque con desgarraduras, debido a la evidente disimetría de la relación y de las posiciones que se ocupaban. En efecto, el joven, para ceder, necesitaba creer que el bien de su hermano, aunado al supuesto de la santidad del ser excepcional, permitía transgredir lo que tan insistentemente se le había inculcado. A pesar de todo, no dejó de sentir que su conducta era contradictoria:

[.] a esas alturas me encontraba excitado y rojo de vergüenza  [.] no sabía dónde meterme de vergüenza. Sin embargo, me sentía satisfecho de que a pesar de mi humillación [.] me había puesto sumisamente a merced de la voluntad de un santo, que estaba santificando con sus manos y dándole trascendencia y valor divinos a un acto que .

Como si esas manos que consagran la hostia sirvieran, de alguna manera, para hacer lo mismo con el semen. O si se quiere, que también en la enfermería se había realizado una especie de misa masturbatoria con consagración incluida, y que por ello Maciel lo mandó a comulgar. Con el añadido de que ahora el joven sabría al igual que Maciel que cuando ambos intentaran comulgar, algo habría quedado cuidadosamente encriptado y separado de la mirada de los otros, gracias a la complicidad compartida. Y además, que se había transformado radicalmente la noción de pureza que hasta ese momento Maciel le(s) había inculcado. Sin que por lo tanto Aquél, renunciara a seguirla proponiendo a los que todavía no habían pasado por la enfermería. La contigúidad de dos representaciones en franca contradicción, aunada al pasaje al acto de lo que estaba prohibido, acto sostenido por un pacto de silencio, resulta atrapante para el que queda colocado en esa posición.

Segundo testimonio

El doctor José Barba Martín relata que la influencia que Marcial Maciel tenía sobre él era "enorme", que cada palabra suya "no se ponía en duda, de verdad creíamos que era santo". [25] Comienza su relato, diciendo que un jueves de la primavera de 1955, en Roma, fue llamado por el padre Maciel a la enfermería.

[Cuando entró.] estaba otra persona dentro de la enfermería, y [Maciel] me empezó a hablar de sus problemas, y cómo tenía permiso del Papa Pío XII para que unas religiosas le dieran masaje en sus partes viriles por un problema que dijo que tenía, de interferencia entre las vías seminales y la vía de la orina. Yo me puse muy nervioso [...] y me pidió si yo podía darle masaje. Yo no había notado cuando entré sino la oscuridad y que estaba esta persona de pié. Pero cuando ya comenzó esto, me llamó la atención que esta persona no se fuera y que en presencia de él me pidiera esto. Entonces, tomó mi mano [que estaba ] muy tensa y la llevó hacía sí, me di cuenta de que tenía su miembro excitado y eso me puso más nervioso. Entonces él notó que mi mano se resistía [...] y me la rechazó como con enojo, diciendo: 'no sabes hacerlo'. Entonces, [...] estuvimos platicando [un rato] todo el tiempo casi en una completa oscuridad, porque las persianas venecianas allá son de madera [...] entraba muy poca luz, esta otra persona estaba mirando hacia las canchas. [...] Y [Maciel] se acercó hacia mí y me dijo que quería explicarme en dónde le daban los dolores. Me puse mucho más nervioso, me encogí y traté de rechazar firmemente lo que quería hacer. Él insistió, insistió completamente y yo no pude, no pude vencerlo. Porque yo era un muchacho de poca edad y él tenía ya 34 o 35 años. La persona que estaba ahí no me ayudó, y eso siempre lo he resentido. Yo nunca había tenido una masturbación, por primera vez en mi vida me violentó de tal manera que me hizo sangrar el frenillo del miembro. Y durante varios días yo tuve dolor porque no podía pedirle a nadie que me curara. Me sorprendió mucho que cuando yo sentí eso, me levanté desobedeciéndolo, porque me insistía en que me quedara y me fui a mi cuarto caminando lentamente, y me senté en mi cama y lloré. Cuando regresé, porque no podía desobedecer a ese grado, él ya estaba preparándose para salir [...] a comer a la piscina. [...] Y caminamos, y me dijo: 'no le vayas a decir nada de mi enfermedad, ni al padre (Antonio) Lagoa ni al padre (Rafael) Aromi', que eran los dos únicos sacerdotes que estaban en el colegio. Fue como si al cerrar la puerta, aquello no existiera más. Después, él, de pié, bendijo la comida, y con muy buen humor comenzó a platicar. [26]

De nuevo, se puede seguir una secuencia bastante semejante a la del caso anterior. Desde la escenografía de la enfermería, pasando por la búsqueda del pretexto para hacerse masturbar y la excepcionalidad de la situación expuesta para llevarla a cabo, [27] hasta la disociación final entre el acto consumado y la acción posterior, que aparentemente anula o banaliza la primera. No obstante, existe una variante importante: la del testigo que permanece presente, que escucha y sabe lo que está pasando. Testigo que, al mismo tiempo, aparenta mirar a otra parte, como sugiriendo el tipo de complicidad deseada para esa situación. Si intentamos poner en palabras el acto del testigo silencioso, podríamos decir:

Haz como que no te das cuenta en lo que participas, de manera aparentemente pasiva en la penumbra, pero sírvele de testigo mudo al seducido para que sepa que no tiene escapatoria. Que tu silencio y celestinaje indique cómo se debe conservar lo que ahí sucedió. [28]

Este círculo de atrapamiento sería completado por la actitud de Marcial Maciel después de terminar su acción masturbatoria; "de vuelta a la página", provocando con ella un efecto de inverosimilitud. Dejando antes una leve, pero significativa huella de lo ocurrido con las palabras que emitió en el camino que lo llevaba a la alberca: "no vayas a decirles nada de mi enfermedad a...". E insinuando que se trataba de un asunto entre él, el seducido, el testigo celestino, el papa y las monjas virtuales. ¡Vaya que se alude a una grupalidad entrelazada por la complicidad y la conciencia de la excepcionalidad del personaje que los convocaba! Y, además, en la que todos los nombrados estarían de alguna manera en el mismo plano. Y todavía para terminar de atrapar citar al papa "El hablarnos del papa lo ponía a uno en un secreto grandioso". [29] Pero, de nueva cuenta, otros debían quedar fuera de la información.

Y sin embargo, el doctor Barba al ser interrogado por quien esto escribe de si no cayó en cuenta que no estaba sólo en la experiencia de abuso ya que en su relato figuran el testigo, e in efigie las supuestas monjas y el papa, afirma "honradamente no se me ocurrió pensar que éramos más los que sabíamos" [30] . Sólo años más tarde cuando otros compañeros ya fuera de la legión comenzaron a compartir la común experiencia, terminó de comprender lo colectivo del asunto. Y todavía tendrían que pasar algunos años más para que junto con algunos otros exlegionarios decidiera hacerlo público.

Esta táctica repetida que conforma a testigos-celestinos y testigos-víctimas en compartimentos estancos fue fundamental para mantener a cada uno creyendo que sólo él guardaba un secreto. Lo único secreto era no terminar de darse cuenta que demasiados lo sabían. En síntesis, el secreto no estaba centralmente en el contenido, sino en los lazos controlados y desconectados por Maciel, entre los celestinos cómplices y las víctimas. Incluso a José Barba, a pesar de que estuvo en presencia de un tercero no virtual, no se le ocurrió cuestionar este dispositivo del secreto compartido entre él, el papa y Marcial. Como muchos otros, quedó atrapado en la desconexión colectiva, lo cual no deja de ser sorprendente.

Esto dio como resultado la instiucionalización de una zona de ilegalidad, administrada y tolerada por el fundador-seductor, y supuestamente avalada por el primo interpares, Eugenio Pacelli (Pío XII).

En el testimonio del licenciado Pérez Olvera se aprecia más nítidamente el mecanismo que instituye compartimentos. En cambio, en el del doctor Barba se muestra un nivel de funcionamiento de la complicidad que ya no es estrictamente "dual", y que apunta a que el seducido pueda inferir que más de dos participan de lo sucedido. Sin embargo, esta inferencia quedó, en suspenso, y tuvo los mismos efectos de desconexión que para el licenciado Pérez. Según afirman los dos testimoniantes seducidos no pasaron a formar parte del grupo de los celestinos, lo que los dejó sometidos a su suerte y en la rumiación de lo que una sola vez ocurrió.

Tercer testimonio

Es conveniente presentar la carta que el hombre que estaba cerca de la ventana, Felix Alarcón, le dirigió muchos años después -ya como sacerdote- al doctor José Barba, cuando ya ambos se habían puesto de acuerdo para hacer público lo que había ocurrido en otros tiempos. En ella, Alarcón escribió:

Salí de los legionarios en 1966, sin siquiera plantearme que algún día debiese romper mi silencio [...] Éramos hermanos, nos unía un sufrimiento común, pero iríamos a caer todos a la fosa del silencio [...] Ya era bastante valentía poder romper con aquello.

Yo llegué queriendo ser sacerdote fiel y entregado, pero muy pronto el padre Maciel me forzaría a una dinámica opuesta a todo lo que yo creía, a una total confusión psicológica y espiritual.

En mis años allá con todos vosotros, yo creo sinceramente que lo tuve peor que nadie [...] Yo no sabía que el abuso era extensivo a muchos de vosotros. [...] El padre me llamó a la enfermería un día, fue en Roma, y ahí empezó todo. Aceptábamos su aparente sufrimiento urológico su inconsciencia aparente o real y todo [lo que siguió] tocamientos, masturbaciones, sexo oral [...]

Yo creo que ya para entonces, en los años de mi noviciado, el padre ya tenía una adicción claramente probada a la dolantina [...] Sexo y droga serían la [..] interacción de aquellos años. El drama era buscar la dolantina [...] Yo incluso llegué a hacer un viaje de Roma a Madrid en un Constellation de TWA para conseguir dolantina. [...] La conseguíamos con mentiras sólo para ayudar al padre que adorábamos y al que yo veía como parte del misterio de Dios [...] Era santo y bueno y elegido y tenía este lado oscuro que empezaba a ser impenetrable y contradictorio [...] Las estancias en los hoteles eran un drama [...] De muchos sitios salimos corriendo [...] Ese padre llamaba [31] a la casa de mi madre [...] él tuvo muchas atenciones con ellas [las hermanas y la madre], entre las que cuento pagarles su viaje a Roma para mi ordenación.

En la visitación apostólica mentimos todos para salvarle, de tal manera se había achicado nuestro mundo y nuestras opciones. Sin embargo, el sufrimiento acumulado y la claridad conquistada [...] nos llevarían a algunos a pedirle que cambiara. Yo lo hice varias veces, siempre por carta, y él que no toleraba que le cuestionásemos, nos fue apartando de forma cruel. [32]

[...] No poder hablar de esto con nadie, el cuarto voto. [33] [...] Yo hubiera preferido para mí el silencio, pero ahora es claro que mi único camino es la solidaridad con vuestro sufrimiento. Nuestras vidas pueden ser pequeñas e insignificantes, pero estamos diciendo la verdad [...] [34]

Parece no existir ninguna duda sobre la adicción de Maciel para este sacerdote, a diferencia de otros -cuyo nombre no me es permitido mencionar- que le conseguían la droga, pero que, aparentemente, no se daban cuenta de su dependencia, y creían que se trataba de una medicina contra los diversos malestares que aquejaban, supuestamente, al citado fundador.

No deja de ser llamativo que Félix Alarcón al escribirle a José Barba todavía sostenga que no sabía que "el abuso era extensivo a muchos", como si hubiese olvidado que éste había sido seducido en su presencia. En cambio, reconocía que en el momento en que vinieron los visitadores de Roma -1956-1957- a averiguar que había sucedido por las denuncias que se habían filtrado, "todos mentimos". Este momento clave selló, en buena medida, la suerte de Marcial Maciel, pues le otorgó una patente de corso, gracias a la mentira de sus seducidos. Y también la de los que mintieron, pues quedaron doblemente ligados a Maciel: implicados en la relación erótica y en la mentira que protegió a éste. Justo es decir, que ante los Visitadores enviados por Roma, fueron interrogados de manera individual. Doblemente ligados a Maciel pero también entre ellos.

Alarcón le agradece a Maciel su generosidad, los favores a su madre y hermanas, sin terminar de caer en cuenta del uso discrecional de los recursos y de los intereses en juego por parte del superior general, que con ello generaba deuda y compraba silencio. Sin embargo, para él Maciel, a quien "adoraba", tenía un lado "oscuro" y enigmático, del cual, al parecer, le costó mucho esfuerzo desprenderse.

A manera de epílogo

Como ya mencioné, en el relato evangélico de la anunciación se encuentra una matriz paradigmática de la disociación entre sexualidad y virginidad; entre placer y seducción e inconsciencia; entre fidelidad e infidelidad, y entre el silencio consentido del esposo de María para que la infidelidad de ésta no manche el origen del futuro redentor, y el acto arbitrario de un dios que irrumpe sin tener consideración con la pareja. En la complicidad entre José, su dios y María, y en la imagen de un dios que actúa discrecionalmente, podemos encontrar, sobre todo, una inspiración para reflexionar sobre el pacto de secreto entre los implicados y el lugar privilegiado que ocupa el fundador de los Legionarios de Cristo.

Vistos los testimonios desde fuera y desde la no participación en la suma de supuestos que he descrito, la táctica seductora de Maciel resulta entre patética y grotesca. Sin embargo, intentando entender el clima institucional y subjetivo de los implicados, respecto a los hechos ocurridos en la congregación de los Legionarios, y sobre todo el personaje de Maciel, se puede observar que en las seducciones se condensan, de manera inextricable, elementos extremamente contradictorios. Elementos tales como el sacerdote sacralizado y sostenido en un discurso de la pureza a ultranza, y el individuo sexualmente perverso que hábilmente entrelaza el discurso de la castidad con el de su excepcionalidad, que termina disolviendo las fronteras entre lo que primero exalta y lo otro que lo trastoca y lo mina, y con un pacto de silencio sobre el hecho asimétricamente compartido.

Por otra parte, en los actos de Maciel pueden detectarse simultáneamente situaciones en las que dos acciones aparecen disociadas entre sí -masturbación y comunión-, "esto me lo permite el papa, pero no lo vayas a decir", y donde la segunda tiene un efecto anulatorio sobre la primera, como en los actos rituales del obsesivo.

Así se instala el pacto del secreto, en el que una de las partes hace creer a la otra que sólo con él lo comparte [35] , con el añadido de que cada vez que se vean, nadie aludirá a lo ocurrido, como si no hubiera sucedido. [36] Se puede sospechar que dicho sacerdote extrae una parte de su gozo erótico de este control sobre la información, que implica tener al otro a su merced.

No obstante, otro aspecto que no hay que descuidar y que consolida el citado pacto es la existencia de terceros en la incómoda posición de ignorantes o cómplices involuntarios, los que debido a que eran marginados de la información sellaron el lazo de los directamente implicados, y servían para fomentar la corrección institucional.

El ritual iniciático tras las puertas de la enfermería implicaba un trastorno en las reglas explícitas de juego. El sujeto sorprendido no entraba fácilmente en éste, a pesar del habitus porque, sin duda, hicieron sus aparición nuevos elementos que lo dejaban titubeante, o incluso no exento de estupor. Una vez iniciado, se cumplía lo que Bourdieu menciona acerca de los actos de institución, ya que no sólo se trata

[.] de separar a aquellos que lo han sufrido de aquellos que no lo han todavía sufrido, sino de aquellos que no lo sufrirán de ninguna manera. [37]

En síntesis, la exaltación de la materia a ser transgredida  -en este caso, la pureza-; el desafío de la normatividad que primero se cultivó; el atrapamiento del que se deja sorprender por una demanda que no había contemplado explícitamente; el pacto de silencio; la disociación y la anulación, y un efecto de confusión e inverosimilitud entre quienes vivieron este tipo de actos con signo contrario, configuran el dispositivo institucional instituido. Lo anterior sostenido en la específica posición asumida por Marcial Maciel, es decir, la del sacerdote que a la vez que vehicula las normas eclesiásticas que lo trascienden, como aquellas de la castidad y la pureza, las trasgrede y desafía, creando su propia normatividad, [38] debido a que mantiene intocada la sacralidad de la que está investida su persona.

Es necesario relacionar la sacralización del personaje con lo que podríamos denominar como la obscenidad, que se hace presente en las escenas de seducción. Si por obscenidad entendemos -citando a Norbert Bensaïd- "el develamiento sin preparación de un objeto desnudo, reducido a eso que él es, y privado de todo control de su sentido", [39] el problema que enfrentamos -en el caso descrito- es que el personaje irrumpe traumáticamente en el escenario del seducido, formulando su deseo como un pedófilo común. Deseo que, por otra parte, no es cualquiera, dado que es sacerdote, superior y fundador de la institución de la que depende su elegido.

Lo patético del individuo que le habla desde la cama de la enfermería, en camiseta y calzoncillos, se neutraliza con el desdoblamiento en espectro sacralizado e irresistible para la mayoría. Este "espectro" que se ofrece como objeto sin par y pleno de autoridad tiene la facultad de fascinar angustiosamente al que sorprende, y más aún porque al descolocarlo de las referencias que le había inducido, lo lanza a la deriva al mismo tiempo que lo fija en la culpa.

De Marcial Maciel se podría decir que es un maestro de un tipo particular de travestismo de doble cara. Por un lado, el efecto de su performance es convencer de su santidad -como bien lo captó una mujer que lo conoció desde joven y que lo define como aquél cuyo "estandar era parecer un santo"-; [40] por el otro, ha logrado -como en el caso de la mariposa indonesia- la representación "de su propia invisibilidad" precisamente en aquello de lo que es acusado por sus seducidos. En el primer caso se trata de una especie de derroche, que va más allá del simple hecho de no ser percibido como pedófilo -como el travestí que busca no ser percibido como hombre-. Parecer santo no es sólo ocultar la pedofilia, es producir, a fuerza de artificio y maquillaje, una metamorfosis que lo sacraliza. [41]

En conclusión, para los Legionarios y para su fundador, la razón de conservación de la institución está, sin duda, por encima de cualquier consideración. Y uno de los elementos fundamentales para llevarla a cabo es la administración paradójica de las figuras inmaculadas.



[1] Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. México DF, febrero de 2003

[2] 1) La producción de una serie de representaciones, textos y rituales con respecto al más allá, que podríamos denominar como matriz de la resurrección-inmortalidad; 2) la producción de un conjunto de dogmas que se sostienen en la supuesta infabilidad del que ocupa el lugar del vicario de Cristo. Esto instituye un tipo específico de relación con la verdad y la autoridad. A esta función la denominaremos matriz dogmática-doctrinaria. Si bien la citada infalibilidad no es utilizada más que en situaciones excepcionales, el sólo hecho de postularla constituye una diferencia sustancial con otras instituciones. Y, sobre todo, tiende a 'contaminar' los discursos que, en principio, no tendrían por qué emitirse dogmáticamente; 3) la construcción de una narración que supone la intervención de su dios en la historia humana, lo cual se manifiesta, por ejemplo, en la encarnación de Jesucristo, en la fundación de su iglesia, y en los milagros y apariciones de la virgen. Se podría denominar como matriz histórica salvífica. Y, por último, -sin pretender la exhaustividad-, 4) la construcción del pecado, del pecador y el perdón, en donde el insondable 'misterio de la Trinidad' será jugado -como afirma Nietzche- por un dios que es al mismo tiempo 'verdugo , víctima y salvador': matriz de la culpa y el perdón.

[3] En los Evangelios de San Lucas y de San Mateo se encuentran los relatos de la anunciación, en ambos en el capítulo primero. Hago una síntesis condensada, tratando de no traicionar el espíritu del texto. Estrictamente hablando el postulado de la inmaculada concepción alude a una prolongada polémica de siglos en la que finalmente se decretó que María había nacido sin el pecado original.

[4] En otro texto, titulado "La administración de la pureza", analizo con más detenimiento esta narración.

[5] Milan Kundera, L'art du Roman, Gallimard, París, 1986, pág. 22.

[6] Y no incluyo el par torturador-torturado porque entra en juego otro tipo de consideraciones, que introduce una complejidad suplementaria a lo que estoy tratando.

[7] Tampoco incluyo la violencia brutal de las violaciones en estas consideraciones.

[8] Pierre Bourdieu, La dominatión masculine, Editions du Seuil, París, 1998, pág. 43.

[9] La noción de habitus está inspirada en las reflexiones de Pierre Bourdieu: "sistema de esquemas adquiridos funcionando en estado práctico, como categorías de percepción y de apreciación o como principios de clasificación y, al mismo tiempo, como principios organizadores de la acción". Pierre Bourdieu, Choses dites, Editions du Minuit, París, 1987, pág. 24.

[10] Es una congregación mexicana, de derecho pontificio, fundada por Marcial Maciel Degollado -quien nació en Cotija, Michoacán, el 10 de marzo de 1920-, el 3 de enero de 1941.

[11] Por razones de espacio, no me es posible describir esta larga lista de complicidades en relevo que implican a diferentes actores. Queda pendiente para un escrito posterior.

[12] Primero en el Hartford Courant de Connecticut, el 23 de febrero de 1997; posteriormente, en La Jornada, del 14 al 17 de abril de 1997; en un programa especial del Canal 40, el 12 de mayo de 1997 y, finalmente, en una separata firmada por ocho exlegionarios, aparecida en la revista Milenio, núm. 15, del 8 de diciembre del mismo año.

[13] El País, 2 de junio de 2000.

[14] Una de las maneras más efectivas de promover la interiorización del invisible, es la institución del dispositivo de la confesión. Piénsese en un niño que a los cinco años tiene que decir eso que no necesariamente le gustaría decir a un sacerdote, quien lo escucha a nombre de un dios que lo vuelve transparente, dado que está, como dice el catecismo, "en el cielo, en la tierra y en todo lugar". Y cuando algo se le escapa a los padres o al mismo dios, se le conmina a confesarse. Así se aprende el sometimiento y se cultiva la culpabilidad, pero también los tortuosos gozos de la trasgresión. En cada uno de estos elementos, el invisible se hace presente.

[15] "La característica central de las instituciones totales puede describirse como una ruptura de las barreras que separan de ordinario [tres ámbitos fundamentales de la vida cotidiana] Primero, todos los aspectos de la vida se desarrollan en el mismo lugar y bajo la misma autoridad única. Segundo, cada etapa de la actividad diaria del miembro se lleva a cabo en la compañía inmediata de un gran número de otros, a quienes se da el mismo trato, y de quienes se requiere que hagan juntos las mismas cosas [...] Tercero, todas las etapas de las actividades diarias están estrictamente programadas. [...] El hecho clave de las instituciones totales consiste en el manejo de muchas necesidades humanas mediante la organización burocrática de conglomerados humanos, indivisibles". Erwing Goffman, Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Amorrortu Editores, segunda edición, Buenos Aires, 1972, págs. 19-20.

[16] Así se conoce al juramente en la mafia siciliana.

[17] Sobre todo en el Colegio de Roma.

[18] Con lo que producían el efecto contrario.

[19] Entrevista a José A. Pérez Olvera, op. cit.

[20] Jugando sobre el habitus del dispositivo de la confesión y del dios del catecismo. Conf. cita 36.

[21] Manera en la que se dirigían al padre Maciel.

[22] Entrevista a José A. Pérez Olvera, op. cit.

[23] Pérez Olvera estaba oyendo misa cuando fue requerido por Maciel.

[24] Tomado del artículo de Salvador Guerrero Chiprés, La Jornada, 15 de abril de 1997, pág. 38.

[25] Estas palabras y las que siguen las tomé del programa sobre de los actos de Marcial Maciel, que el Canal 40 de la televisión mexicana pasó el lunes 12 de mayo de 1997.

[26] Programa especial del Canal 40 acerca de los legionarios de Cristo, 12 de mayo de 1997.

[27] En las declaraciones de Juan Fernández Amenábar -quien fue legionario y rector de la Universidad Anáhuac-Plantel Norte (México DF)-, del 6 de enero de 1995, poco antes de morir, éste señala que Marcial Maciel "trató de justificar el uso de drogas y el abuso sexual de mi persona [...] diciendo que tenía una 'enfermedad' y que tenía permiso directo del papa". Citado por Salvador Guerrero Ciprés, en La Jornada, 13 de mayo de 1997.

[28] Sobre la función de ese testigo celestino, el doctor José Barba señala: "la impresión que me daba es que, por una parte, trataba de fingir que no estaba la otra realidad muy clara, la veo ahora, es de que estaba vigilando de que no hubiera nadie que se acercara a la ventana. En aquel tiempo no se me ocurrió que la cosa fuera planeada, ni cuestionaba siquiera por qué el otro estaba ahí. Las cosas se daban como perfectamente naturales. Ahora, en cambio, yo llego a ver el esquema, el cual es éste: en palabras mexicanas, si uno de nosotros se rajaba y fuera a contárselo a alguien y pudiera decir: estuvo ahí fulanito, ese tal podía ser un testigo en contra mía, diciendo: eso no es cierto. Entonces, este hombre [Maciel], que tenía ya ganados a varios, sabía el valor a futuro de un testimonio como el de ese testigo, por eso no era tan inocente la presencia de él.". Entrevista de Fernando M. González a José Barba, 16 de noviembre de 2001.

[29] Entrevista con José Barba op, cit.

[30] Ibid.

[31] Félix Alarcón relata que una vez en Madrid llamaron a su madre de un hotel y le preguntaron si conocía a Maciel. Ante la respuesta afirmativa, le pidieron a ésta que fuera a recogerlo ya que se encontraba en un estado de total estupor, con la maleta de piel de cocodrilo llena de ampollas de dolantina. Carta de Félix Alarcón a José Barba del 4 de agosto de 1997, pág. 2.

[32] Se refiere a "exilios" que lo hicieron sufrir, enviándolo a otra ciudad o retrasando su ordenación.

[33] La prohibición de hablar mal de algún superior, y menos del superior general.

[34] La carta de Félix Alarcón a José Barba Martín, del 4 de octubre de 1997, me fue proporcionada por el segundo.

[35] O, en otra de sus variantes, con el grupo de elegidos de los juegos masturbatorios.

[36] Esto en los casos en donde ocurrió una sola vez.

[37] Pierre Bourdieu, Langage et pouvoir simbolique, Éditions Fayard, Seuil, points, 2001, París, pág. 175.

[38] Por ejemplo, hace referencia a la figura papal para autorizarse y en el mismo movimiento la ridiculiza.

[39] Norbert Bensaïd, "L'obscéne en scéne", Nouvel Observateur, Collection dosssiers, núm. 7, La civilisation du sex shop, pág. 46.

[40] Entrevista de Fernando M. González a Flora Garza Barragán, 9 de diciembre de 2001, Monterrey, Nuevo León.

[41] Este párrafo le debe mucho al inteligente artículo de Severo Sarduy, titulado "Los travestis", Quimera, número 207-208, octubre-noviembre de 2001, págs. 174 a 176.

 

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