Permíteme
hablar contigo, voz amada, contigo, el último aliento recordado de toda
felicidad humana, aunque sea durante una hora. Porque gracias a ti me engaño y
descreo de mi soledad y me miento y me indico un camino de retorno a la
multiplicidad y al amor; porque el corazón teme creer que el amor ha muerto. No
puede soportar los helados estremecimientos de la más solitaria de las soledades.
Me impulsa a hablar como si yo fuera Dos.
Nietzsche
La literatura de Sade se puede
definir, al menos en sus partes más expuestas, como la negatividad pura. En su
tetralogía del libertinaje, compuesta por Justina o las desventuras de la
virtud, Julieta o el vicio ampliamente recompensado, La Filosofía en el Tocador
o los instructores inmorales y Los 120 días de Sodoma; parece empeñarse en
algo: descubrir, con un juego de sombras y luces, lo que oculta el ser moral
tras su rostro.
A través del juego de ambientes
propio de toda literatura, Sade nos lleva a las profundidades de la mente
humana en los castillos laberínticos, donde asegura mostrarnos el verdadero
rostro de lo humano.
El castillo medieval, en ese
sentido, se vuelve para Sade el ambiente perfecto para el desenvolvimiento de
su teatro negativo. Descendemos, con él como guía, a lo que asegura es el
centro del corazón del hombre: la monstruosidad. O mejor dicho, la actitud sin
freno de la libertad; cosa que Bataille en la más ligera pero cierta de todas
sus descripciones dice del marqués: “uno de los hombres más rebelde y más
iracundo que jamás hayan hablado de rebelión y de rabia; un hombre, en una
palabra, monstruoso, el que poseía la pasión de una libertad imposible.”[2]
Sin embargo: ¿Podemos interpretar
una significación doble de este encierro en el castillo? Sea la torre o
el sótano, en lo que respecta a cada uno de los dos tipos de personajes que
predominan en la literatura sadiana (víctimas y victimarios), los muros del
castillo fungen de dos maneras distintas: En los primeros tienen la función de
celda, de prisión, de elementos sofocantes, terroríficos, y en muchos casos,
los muros operan a manera de sepulcro sellado. En cambio a los victimarios, las
profundidades y el claustro, les otorga la libertad; la seguridad uterina de
que están fuera de la ley y de toda jerarquía que no sea la suya. Les otorga la
seguridad de que todo lo que se halle entre las cuatro paredes, le pertenece.[3]
Una pregunta necesaria para
dilucidar lo anterior, sería: ¿Qué es el castillo, en realidad para Sade? ¿Cómo
se puede entender la geografía arquitectónica de la literatra sadiana? ¿Trabaja
bajo el signo de la libertad o el de la prisión? ¿Sade, al momento de escribir
lo hacía como víctima o como victimario?
Hacia 1763 Sade llega a La Coste,
una propiedad de la familia descrita como una de las regiones más románticas de
Francia, con caminos empinados de piedras gris claro, y que habría de servirle
de guarida, de hogar y en varias ocasiones de refugio de la ley.[4] Bien
señala una de sus tantos biógrafos Du Plessix, como eran conocidas las fiestas
que ahí se organizaban. Sade fue incluso sorprendido con una prostituta que
presentaba como mademoiselle Beauvoisin, pariente de su señora esposa. Y “con
la independencia de cómo haya presentado Donatien a su compañera, actuó como si
se tratase de la relación más normal del mundo; durante el mes siguiente
organizó en sus dominios fiesta tras fiesta, en las que escenificaba obras de
teatro de aficionados en el ala norte del castillo y a las que invitaba a
decenas de nobles de las comunidades.”[5] Asimismo, el marqués apenas y ponía un pie fuera de prisión y corría directo a
su “amada La Coste”. Como lo hizo después de la fuga de Miolans hacia 1774.[6]
Por esto y otras situaciones, La
Coste llegó a ser considerado por la familia de Sade, un lugar maldito, donde sabían que Donatien
se entregaba a diversas libertades, que hicieran famoso al lugar y que se
sancionaron a cada oportunidad. He aquí un claro ejemplo de cómo Sade defendió
a La Coste, en una contestación a la marquesa de Villeneuve, amiga cercana de
su tío y mentor el abad de Sade, fechada el 20 de mayo de 1765:
“Que la gente diga lo que quiera,
aunque les estéis diciendo justo lo contrario”, me sugirió el abad. [...] Me
limito a seguir su consejo. Cuando una de vuestras hermanas casadas [madame de
Villeneuve] vivió aquí con su amante, ¿acaso pensasteis que La Coste era un
lugar maldito? Mi comportamiento no es peor que el suyo, y ni ella ni yo
merecemos que se nos culpe. En cuanto a la persona que os proporcionó la
información [el abad de Sade], quizá sea sacerdote, pero siempre vive con un
par de fulanas... Perdonadme que emplee vuestro mismo lenguaje. ¿Acaso su château es un serrallo? No, mejor aún, es un burdel.[7]
La libertad que el marqués
adquiría dentro de La Coste era absoluta, y solo ahí llegó a sentirse realmente
en casa, en la plena libertad total de dominio y confort. Una de sus más
famosas correrías se ve en el “episodio de las niñas”, así llamado al invierno
de 1774, ante su recién escapatoria de la cárcel de Miolans, Sade hace
contratar a 5 jovencitas para “menesteres” domésticos. Sin embargo, seis
semanas después, con certificado en mano, las jóvenes se quejan de azotes,
flagelación y “ojales”. Sin entrar en detalle (puesto nadie sabe que se pudo
haber ocurrido dentro de La Coste durante esas seis semanas), podemos
atrevernos a conjeturar al menos lo más básico del ejercicio sadomasoquista en
el ejercicio de la orgía y castigos corporales.[8]
Sin embargo, ¿es esta toda la
significación que se ve reflejada en cada una de las fortalezas? ¿O, por el
contrario existe una doble significación del signo? ¿Acaso Sade nos tiende una
trampa al entrar a su castillo?[9] Es
también cierto que los castillos tuvieron otra significación para Sade.
Pierre-Encize, Moilans, la Bastilla, Vincennes y Charenton, fueron sus
prisiones durante más de la mitad de su vida. Y en ese sentido era ahí cuando
Sade no era más el amo de sus dominios interiores. Ahí estaba obligado a
interpretar el papel de la víctima: los muros ya no protegían, sino sofocaban.
De esa manera menciona en una carta al caballero Saint Sauveur teniente de la
Bastilla, con fecha de diciembre de 1785, respecto de un cambio de celda que le
disgustaba de sobre manera: “El accidente que sufrí últimamente proviene de no
poder cerrar el ojo ni de día ni de noche. ¿No es ya una crueldad atroz elegir
esos momentos para volver las noches todavía más crueles?”[10]
De esta forma, como señala Margo
Glantz en un estudio comparativo entre Sade, Poe, Julio Verne y Bataille: “Poe
y Sade encierran a sus personajes para ordenar sus rituales eróticos. Rituales
despojados de cuerpo o relacionados con un cuerpo muerto en Poe (sus mujeres
aparecen en su corporeidad sólo cuando están muertas o a punto de morir) o
rituales donde el cuerpo reitera el pleonasmo en Sade (la excesiva carnalidad
diluye y sirve para realzar la monstruosidad).” Sade se limita para
desenfrenarse mejor.[11]
Es así como el Castillo de Sade
es de una arquitectura que se haya siempre bajo el signo del poder. Siempre
lleva en su núcleo una sala del libertinaje, fastuosa, con comedores donde se
organizan banquetes increíbles; la cúpula del poder, en donde no entra nada,
sino para disfrutar de sí mismo a través de la corrupción moral y el deleite de
los cuerpos. Pero también el castillo siempre tiene sótanos. Tiene calabozos
húmedos, donde entran todas esas almas que se resisten a corromperse; y donde
se les lleva, para que el poderoso (el verdugo), ejerza lo que por derecho natural se le corresponde: el poder de gozar, de destruir, de sacrificar.
Sade crea un micro universo...
Y más allá del sentido sociológico que se puede interpretar como el mundo mismo
donde interactúan las fuerzas, ya no del mal y del bien, sino del fuerte y del
débil; del que goza y el que sufre, por la fatalidad de la educación moral;
podemos ver que interactúan en realidad los dos lados de una personalidad
sadomasoquista.
Recordemos el informe policial
sobre la orgía de 1772 (la orgía de las “moscas de España”), bajo el testimonio
de la prostituta Marianne Laverne, para aquellos que dudan, como los ha habido,
de la dosis masoquista del marqués:
“Sade le entrega un rollo de
pergamino cubierto de clavos torcidos y le pide que lo azote con él. Marianne
no atina a propinarle más de dos golpes. El marqués le ordena que continúe pero
ella está a punto de desmayarse. Entonces Sade le pide que vaya a buscar una
escoba de brezo que está en la cocina. Marianne menos temerosa de este
utensilio doméstico que del azote metálico, golpea al marqués varias veces, al
tiempo que este le grita que lo haga con más brío.”[12]
Sade en su lenguaje y en su vida
se convierte en dos: En la víctima, el prisionero, el azotado; y en el
victimario, el libertino, el verdugo.
Bajo esta idea analizaremos sus obras
“hermanas”, Justina y Julieta.
Ya Pulham lo dijo antes: Justina
es Sade.[13] Justina, como el marqués, es la errante prisionera que no sale de un calabozo
sino para caer a otro. No evade las garras de azotadores, verdugos y déspotas
sino para hundirse siempre en el terror de otras peores. Y si Justina es
Sade-víctima. ¿Quién es Julieta sino Sade-victimario? Si Sade-Justina es
víctima de innumerables fechorías perpetradas por el propio Sade personificado
en el mundo corrupto y corruptor; Sade-Julieta hace víctima al mundo con su
libertinaje sin fronteras. Recordemos la “gran hazaña” del ministro Saint Fond,
ministro y amigo íntimo de nuestra Julieta:
Amigos míos -dijo
orgullosamente-, acabo de concebir la hazaña más monstruosa de laciva de todos
los tiempos: un plan para despoblar Francia. La primera etapa implica un
infanticidio universal obligatorio, según el cual todo niño que haya tenido la
desdicha de ser concebido habrá de ser muerto en cuanto nazca. Prosiguiendo
esta política durante veinticinco años, pronto habremos formado una nación
cuyos habitantes serán todos de edad madura. Después bastará con suprimir el
abastecimiento de alimentos y dejar que mueran todos de hambre; esto no deberá
prolongarse más de cinco años. Así en treinta años este amado país nuestro
podrá estar totalmente desprovisto de vida humana.[14]
La una víctima, la otra
victimaria: es ahí donde se formula la pregunta que nos guía al laberinto: el
laberinto nietzscheano de preguntar: ¿Quién o qué es realmente el autor? ¿Qué
es lo que Sade trataba de traer a la luz, con la oscuridad de las mazmorras y
los múltiples discursos acerca del descubrimiento de uno mismo en el exceso, en
el asesinato, en el mal y en general al desatar sin límite las crueldades naturales de los instintos?
Resulta de lo más inútil tratar
las incoherencias del discurso filosófico sadiano. Disfrazado de ateismo y de
amoralidad; parece olvidar de pronto todas sus blasfemias y sus exhortaciones
al crimen. Sade no suprime sino niega “a Dios en nombre de la naturaleza -y el
material ideológico de su tiempo lo provee de discursos mecanicistas-, hará de
la naturaleza un poder de destrucción.”[15] Es
decir, Sade no es un ateo, sino un anti-teo, y no aboga por una naturaleza
libre, sino por una naturaleza criminal. Impulsado siempre por esa libertad de
lo imposible, de lo negativo, Sade llega a concebir la libertad como
generalmente la concibe un prisionero, “o es crimen o ya no es libertad.”[16]
Y bajo este peso dicen al
marqués, Justina y Julieta a un mismo tiempo: “Yo soy tu laberinto.”[17]
París. Abril 18, 1931. Marguerite
Pantaine de 38 años, saca de su bolso un cuchillo de cocina e intenta asesinar
a la actriz Huguette Duflos a su llegada al teatro Saint Georges. La hiere
profundamente en el auricular de la mano derecha. Atada Marguerite fue llevada
a la comisaría y de ahí a la enfermería especial y cárcel de mujeres
Saint-Lazare. Se hunde en el delirio durante 20 días. El 3 de Junio de 1931 es
trasladada al asilo Saint-Anne con el diagnóstico de delirio de persecución a
base de interpretación con tendencias megalomaniacas y sustrato eteromaniaco.
18 de Junio del mismo año.
Jacques Lacan se hace cargo de la paciente. A través de un psicoanálisis que
duró aproximadamente un año, en el cuál Lacan fue recabando toda la historia de
la tormentosa vida de la mujer, logra dar forma a su célebre tesis De la
psicosis paranoica y sus relaciones con la personalidad (1932).
Del matrimonio de Jean-Baptiste
Pantaine y Janne Donnadieu, nace hacia el 19 de Octubre de 1885 su hija
primogénita Marguerite Pantaine.[18] Pasados cinco años y del nacimiento de otra hija Élise Pantaine, el 10 de
diciembre de 1890 Marguerite sufre un accidente cuando se acerca demasiado a la
chimenea de su casa y arde ante los ojos de Élise, su pequeña hermana. Un mes
después, Janne Donnadieu vuelve a quedar embarazada, el 12 de Julio de 1891
nace un varón muerto. Un año después, el 4 de Julio de 1892 nace Marguerite
Jeanne Pantaine, la que 38 años después atacará a Duflos.
La madre de Marguerite tenía fama
de estar un poco loca. Daba muestras de gran vulnerabilidad y sus
inquietudes tendían a convertirse en sospechas. Tenía sentimientos de ser
perseguida y espiada.[19] La
niña Marguerite tiende a ser la favorita de la casa, se le mima y se le sobre
protege, interpretado esto como una manera de prolongar el duelo sobre su
hermana homónima fallecida. Ésta situación acaba por despertar la envidia de
sus dos hermanas, Élise y Marie. Ante las constantes indisposiciones de su
madre, Élise, su hermana mayor se hará cargo de su hermana desde
1893 a 1902 (año en que
contrae ésta, nupcias con su tío). Marguerite la identificará como figura
maternal.[20]
Marguerite, hacia 1917 conoce y
se enamora de una mujer cuyo nombre en los archivos del caso de Lacan aparece
como “señorita C. de N.” descrita como intrigante, refinada, frívola y
despreciadora del empleo de correos que compartía con Marguerite. Miembro de la
nobleza venida a menos, es por esta “señorita”, que fungía de arbitro de las
elegancias con todas sus amistades, que Pantaine vive presa de los relatos del
imaginario bovariano, además de ser de su boca que escuchó hablar por primera
vez de Hugette Duflos.
A mediados de 1917 conoce al que
será su esposo, René Anzieu. Después de un apresurado casamiento, las pocas
aptitudes de Marguerite para el estado conyugal de un matrimonio corriente se
hicieron más que evidentes: su lentitud innegable, su gusto extremo por la
ensoñación y su propensión a la lectura.[21]
Muerto el esposo de su hermana
Élise, ésta es recibida por el matrimonio Anzieu-Pantaine. Finalmente, hacia
1921 Marguerite queda embarazada. Comienzan a despertar en ella sentimientos de
persecución: “Parecen apuntar a ella, critican sus acciones de manera ofensiva,
calumnian su conducta y le anuncian desdichas. En la calle, los que pasan murmuran
señales contra ella y le dan señales de su desprecio. Reconoce en los
periódicos locales alusiones dirigidas contra ella.”[22]
En marzo de 1922 da a luz una
niña asfixiada por la circularidad del cordón umbilical. Ella inmediatamente
imputó a sus enemigos la tragedia. Algunos días después la “señorita C. de N.”
le llamó por teléfono para preguntar su estado de salud y de ánimo, y
Marguerite la hizo responsable bruscamente de su desdicha. Se hundió en un
mutismo y rompió con sus costumbres religiosas.
Poco después volvió a quedar
encinta y pasó un nuevo estado depresivo, y hacia Julio de 1923 di a luz a
Didier Anzieu.
Durante meses la actitud de
Marguerite fue de posesión total. Se negaba a que alguien se acercara a su hijo
o lo amantaran. Lo cubría con mantas y varias capas de ropa para protegerlo del
exterior. Un día acusó a unos automovilistas de haber pasado demasiado cerca
del cochecito del niño, y mientras les reclamaba, éste chupaba la costra de
suciedad de las llantas del cochecito. De igual forma, tan pronto lo llenaba de
ricos alimentos hasta el punto que tenía que vomitar, tan pronto se olvidaba de
la hora del biberón.
Poco a poco su hermana Élise comienza a tomar un papel suplantador como
ama de casa e institutriz del niño ante las poco ortodoxas actitudes su hermana
menor. Marguerite llega a sentir que su hermana (“su madre”) se roba el cariño
de su esposo y su hijo. Posterior a esto, se va a París donde intentará
publicar una novela, a pesar de la protesta de su esposo y su hermana. Ahí conoce
a Pierre Benoit, editor y escritor, y entonces pareja de la actriz Duflos, al
cual llegara a amenazar de muerte después de la negativa a la publicación de la
su novela titulada Aimeé.
Finalmente Lacan llega a la
conclusión de que el ataque a la actriz Duflos, se derivó del delirio de
persecución, ya que aseguraba que era esta mujer, (poderosa, frívola y su ideal
de diva -curiosamente semejante a la “señorita C. de N.”), la que le sugería al
editor no publicar su novela. Haciendo las comparaciones de esta situación con
los acontecimientos con su amor imposible de la “señorita C. de N.”, así como
las intromisión de su hermana “dominadora”, que la superaba como más capacitada
para ser una “buena mujer”; el ver que su novela no fuera publicada acababa de
destruir sus sueños en su totalidad y desuniendo así, los delicados hilos de su
“integridad” psicológica.
La novela no deja de ser menos
reveladora en ese sentido. Narraba la historia de una madre que asesinaba a su
hija para hacerse amante de su yerno, y que finalmente se entrega a la policía
confesando su crimen, llena de culpa. Marguerite acaba diciendo a su
psicoanalista: “Yo era a la vez esa madre y esa hija.”[23]
Este caso, popularizado por los
medios franceses, tanto por la víctima Duflos que llevaba un auge bastante
considerable como actriz, como por la vida de la victimaria; dio a Lacan una
perspectiva que le permitió fincar la propuesta -que no quedaría del todo
sellada, (como en general todos los lineamientos del sistema lacaniano que se
distinguen por su dinamisidad)- de una esquizofrenia cuya génesis era la
crueldad social: el sadismo entre clases. Donde la víctima, los parias,
acababan rebelándose contra las luminarias ideales que encarnaban para ellos el
secreto, en el imaginario colectivo, de la felicidad:
La sociedad moderna deja al
individuo en un aislamiento moral cruel y muy particularmente sensible en esas
funciones cuya situación intermediaria y ambigua puede ser por sí misma fuente
de conflictos interiores permanentes. Otras personas han subrayado el
importante contingente que aportan a la paranoia ésos a los que llaman [...],
los primarios, maestros e institutrices, gobernatas, mujeres dedicadas a
empleos intelectuales subalternos, autodidactas de todas las especies. [...]
Por eso nos parece que ese tipo de sujeto debe encontrar el mayor provecho en
una integración, conforme a sus capacidades personales, en una comunidad
religiosa. Encontrará en ella una satisfacción, sometida a reglas, de
tendencias auto punitivas. A falta de esa solución ideal, toda comunidad que
tienda a satisfacer [...] las mismas condiciones: de beneficencia, de emulación
moral, o sociedades de pensamiento, gozará de las mismas indicaciones.[24]
Es decir, que la paranoia y la
esquizofrenia nacen en sí de un aparente divorcio entre los parias y el ideal
comunitario. El esquizofrénico es el que se rebela contra la naturaleza ideal
del grupo; y en este caso Marguerite, lo que hizo fue personificar su ideal de
triunfo, de buena hija, buena madre, buena esposa y buena artista en la actriz
Duflos, y a la que fue a atacar directamente. La esquizofrenia venía a estar
íntimamente ligada con una especie de lucha de clases, en donde los parias,
hartos de los elementos autopunitivos de su personalidad, acaban por atacar a
aquellos que los castigaban y ordenaban en lo que debía ser y como tenía
que ser.
Le Mans. 2 de febrero de 1933.
Christine y Léa Papin, dos criadas educadas en un orfanato cristiano, asesinan
salvajemente a sus patronas: la señora Lancelin y su hija. Un corte de la
electricidad impidió que Christine terminara de planchar, a raíz de lo cual
arrastró a su hermana a una carnicería en donde, arrancaron los ojos de las
víctimas y laceraron sus cuerpos con utensilios de cocina, inundando la casa de
sangre y sesos. Cerraron la puerta principal con cerrojo, y se echaron las dos
jutas acurrucadas en la cama, vestidas solo con una bata a esperar a la
policía.
Tras ser declaradas “sanas” de
cuerpo y espíritu y plenamente responsables de sus actos, aguardaban a la
audiencia del juicio. Christine era víctima de síncopes y trataba de arrancarse
los ojos, ponía los brazos en cruz y se entregaba a exhibiciones sexuales.
Anunciaba que en la vida futura sería el marido de su hermana, y después veía
en sueños, a la misma con las piernas cortadas, suspendida de un árbol. Tras la
intervención del psiquiatra Benjamin Logre, se pudo establecer un diagnóstico
clínico que las declaraba “desequilibradas.”[25]
Lacan vio en este caso, muy
popular también, (que incluso llevó a intervenciones y declaraciones de Paul
Éluard y de Sartre, que denunciaron la hipocresía de la sociedad burguesa), un
marco que ajustaba plenamente a su teoría anterior que había elaborado a raíz
del de Marguerite Pantaine. Sin embargo, acaba admitiendo que las historias
eran diferentes. “En el caso de las domésticas no había bovarismo, ni
erotomanía. Además, no se trataba de una mujer anónima que hería a una mujer
célebre, sino de una exterminación salvaje que se desarrollaba en la intimidad
de un hogar ordinario, entre mujeres ordinarias que se conocían desde hacía
mucho.”[26]
Sin embargo el historial de los
conflictos traumáticos previos a la formación de la personalidad, que de común
son los que provocan la psicosis esquizofrénica, no es menos significativo. En
un breve pero interesante recuento se podría enumerar: El padre de Christine y
Lea había sido amante de su hija mayor, su abuelo había muerto epiléptico, un
primo se había vuelto loco y un tío había sido encontrado ahorcado en su
granja.[27]
Lacan finalmente concluye que
este caso, iba más allá del ataque a una realidad social en la cual no figuraba
el paria o el asocial; sino dice textualmente: “es un proceso de anonadamiento
radical del ser.” Ya no era una función del odio de clases, basado en el signo
colectivo convertido en ideal, sino de una traducción de una realidad de la
enajenación paranoica a un ideal interiorizado. “El verdadero móvil del crimen
no era el odio de clase, sino la estructura paranoica a través de la cual, el
asesino hería al ideal del amo que llevaba en sí.”[28]
Tesis que profundizara de manera
sistematizada en su célebre texto: El estadio del espejo como formador de la
función del Yo [je] tal y como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Que
escribiría hacia 1936, pero que no tuvo una presentación formal sino hasta el
XVI Congreso Internacional de Psicoanálisis en Zurich, en 1949.
Cuya tesis principal, narra la
matriz del yo [je] a través de la contemplación en el espejo;
experiencia opuesta al cogito cartesiano. Es decir, yo no pienso
y luego existo; sino, me veo y luego me invento. Este yo es el
motor de impulso de la libido, contrarrestado a su vez por el yo-ideal
[moi-idéal], cuyas funciones las reconocemos como de normalización
libidinal. Y finalmente concluye:
Al término de la empresa
histórica de una sociedad por no reconocerse ya otra función sino la
utilitaria, y en la angustia del individuo ante la forma concentracionaria del
lazo social cuyo surgimiento parece recompensar este esfuerzo, el
existencialismo se juzga por las justificaciones que da a los callejones sin
salida subjetivos que resultan de ello: una libertad que no se afirma tanto
como en una cárcel, una exigencia de compromiso en la que se expresa la
impotencia de la pura conciencia para superar ninguna situación, una
idealización vouyerista-sádica de la relación sexual, una personalidad que no
se realiza sino en el suicidio, una conciencia del otro que no se satisface
sino por el asesinato hegeliano.[29]
Es decir, la rebelión del yo,
sobre el yo-ideal era finalmente la que representaba la esquizofrenia
paranoica en todos los sujetos. El yo de Marguerite, lo que hizo fue
personificar su yo-ideal el la actriz Duflos, y fue a atacarla. De la
misma manera las hermanas Papin. Y exactamente como lo hace Sade en sus obras
“hermanas”.
El yo-ideal de Sade,
personificado en Justina, es víctima de un discurso del terror, por el propio
sujeto que se entrega al ello libidinal freudiano. Esto llega al límite,
hacia el final de la novela, en el momento de la exterminación de Justina. Ya
que, a pesar de todo, no es un hombre quien acaba con ella. No es un ser
humano, aunque sea envestido de la monstruosidad sin rostro del libertinaje sin
fronteras: eso no satisface a Sade... Justina tiene que morir en manos de la
infinita crueldad del deseo sin nombre, sin identidad: La Naturaleza.
Una terrible tormenta las había
obligado a permanecer dentro de la casa; pero el calor opresivo de aquel sol de
la tarde impuso que se abrieran todas las ventanas. Al caer la noche los rayos
zigzaguearon por el cielo, y madame de Lorsange se asustó. Justina, tratando de
consolarla, se dedico a cerrar los postigos.
Entonces la tormenta arreció.
Grandes ráfagas de viento penetraban por las ventanas abiertas rompiendo los
vidrios y azotando los postigos. Justina, para tratar de limitar los daños se
puso a luchar para tener todo cerrado el postigo de la ventana más amplia. De
repente un enorme rayo cayó desde el cielo; saliendo de las nubes en líneas
quebradas, su extremo agudo penetró por la ventana ante la cual estaba parada
Justina y... ¡la fulminó![30]
Es el id libidinal acaba
simbolizado en ese rayo, ciego, incandescente, luminoso y destructivo. Justina
es destruida finalmente por aquello que encarna después Julieta. El yo,
que se haya tan cerca de los instintos y que por él es manejado. Es la raíz de
asesinato hegeliano que señala Lacan. Es la psicosis de la esquizofrenia, de la
división de la mente, y de la interacción de poderes que implica esta relación
de amo-esclavo. En donde el yo-ideal, cuya fuerza represiva, burócrata y
fascista, creada en la génesis inventiva de la moral del “espejo” sobre la
libido, convierte finalmente al yo, en víctima de su normalización.
La neurosis del marqués al
asesinar a su yo-ideal, es apenas diferente (en grados de intensidad),
con la psicosis esquizofrénica de las hermanas Papin o de Marguerite Pantaine.
La diferencia única es la agudeza con la que se presentan y se traslada al
plano del símbolo sobre la realidad. Hugette Duflos es para Marguerite, lo que
Justina es a Sade, y por eso van por ellas. Porque representan el bagaje
cultural imposible de sostener. Y de esta manera Sade, rebelándose contra el
ideal que de la naturaleza que subsiste en sí mismo, sale de una sección
del laberinto del ser.
La historia de la niñez del
marqués, si bien algo difusa, puede arrojar algunas luces al respecto.
Donatien, hijo único del matrimonio arreglado y abiertamente hostil entre el
conde de Sade, llamado Jean-Baptiste y la condesa de Sade llamada
Marie-Éléonore Maillé de Carman, vive su primera infancia en el castillo de
Condé en París, ya que su madre era pariente cercana del padre del principe
Borbón, tan solo 4 años mayor que Donatien.
De hecho, hacia 1744, cuando el
marques apenas tenía 4 años y el príncipe Condé llamado Louis-Henri, duque de
Borbón, solamente tenía 8, data una de las crónicas más interesantes acerca de
su comportamiento infantil. El episodio se encuentra narrado en su novela Aline
y Valcour, el trabajo más autobiográfico en Sade.
Como nací y me crié en el palacio
del ilustre príncipe con quien mi madre tenía el honor de guardar parentesco, y
que tenía una edad similar a la mía, fui alentado a estar siempre en su
compañía [...] pero durante uno de nuestros juegos infantiles, mi vanidad [...]
resultó herida en una disputa por un objeto; y como [el príncipe] parecía ser
de la opinión de que tenia derecho al mismo por su rango superior, me vengué de
su resistencia con repetidos golpes que escaparon a mí control, de manera que
sólo pudieron separarme de mi adversario por la fuerza.[31]
El hecho es más significativo de
lo que parece. Después de este incidente, Donatien de tan solo 4 años, sufrió
su primer destierro y marginación debido a sus actitudes coléricas, y fue
enviado a Aviñón, con su abuelo Gaspard-Francois de Sade, que le profesaba al
muchacho una adoración como pocas y donde recibía las primeras instrucciones de
su tío, el abad de Sade.
La tesis acerca de la neurosis
del marqués, provocada por éste y otros
incidentes, dejará claro lo que se intenta ver aquí. Una vez separado por el
príncipe de la órbita de la nobleza y de la vida cómoda que vivía en aquel
castillo, pero sobre cualquier otra cosa, separado de su madre; y de hecho
viéndose suplantado en su papel de hijo, de recibir apoyo, cariño y enseñanza
de ella (ya que la Condesa de Sade, era la dama de honor e institutriz del
pequeño duque). Podemos situar al príncipe Condé, en la región de lo
inalcanzable, deseable y por lo mismo odioso, (como la actriz Duflos, o la
hermana Élise de Marguerite). Además de esta brutal separación de su madre, que
ya de por sí había sido fría y negligente a entregar cariño, (quizá debido a
que previo al marqués, la condesa había perdido a una hija a tan solo dos años
de haber nacido, Caroline-Laure de Sade, incidente del cual podemos conjeturar
que el impacto de su perdida provocó el distanciamiento emocional con su
siguiente hijo), también se conjetura que el feroz egocentrismo del marqués
surge debido a la presencia de unos abuelos consentidores en el momento en que
Sade se sentía abandonado por su madre. Es decir, el “yo grandioso”, tomada
como una etapa del desarrollo humano del niño, si es exaltado, puede
convertirse en megalomanía si se conserva en la edad adulta.
Es decir, su altanería no era más
que un mecanismo de defensa contra la soledad de una madre que no lo visitaba,
que jamás hizo algo por él, y por un padre que siempre estaba en el extranjero.
Durante sus estudios en París, hay indicios de las experiencias masoquistas y
muchas veces eróticas al momento de ser reprendido con azotes. Entre sus
biógrafos se enumera una sintomatología propia de una persona que se esfuerza
por mantener su integridad psicológica, entre los cuales se enumeran el
narcisimo, identidades ilusorias, analidad infantil y exhibicionismo.[32]
En este sentido no quiero parecer
moralista o un freudiano que señale las perversiones o aberraciones de un
carácter. Si llamo o relaciono a Sade con un esquizofrénico, no lo hago en la
mayor media en la que yo mismo me acusaría de los mismos síntomas
existenciales. Soy más bien de la idea que ese desliz de locura viene a
salvaguardar la verdadera razón. Y grito junto con Antonin Artaud: “Si no
hubiera médicos, nunca habría enfermos.”[33] Intento apenas retratar la bien entendida psicología del marqués para
entender a al autor, y aquello que nos quería él mostrar. De hecho creo que ese
teatro de la negatividad que presenta Sade, es perfectamente necesario para
salir de los laberintos de la personalidad. Quizá no para saber, qué somos,
pero al menos para asegurarnos de qué es lo que no somos. De esa manera
la rebeldía es una acción deseada y una especie de cura contra la mentira que
es nuestro rostro en el espejo: nuestro yo-ideal, invención de las
cicatrices de la autopunción social y moral. El crimen como elección es de lo
más sano para erradicar esa falsa idealización de nuestro ser. Representar la
negatividad de lo que somos, o para lo que hemos sido educados, abre las
puertas a la sana inquietud nietzscheana de llegar a ser lo que se es.
¿Pero, es ahí donde se termina el
laberinto? Sade ha contestado a Justina. Pero ¿Acaso le dirige la palabra a
Julieta? Julieta o el vicio ampliamente recompensado, aparece por
primera vez en 1797, y narra las peripecias de la joven, hermana de la pobre
Justina, que decidida a hacer fortuna y vivir los placeres de la carne, no duda
un segundo en hacerse prostituta, y escalar puestos a base de usurpación,
homicidio, la utilización de su cuerpo como valor de cambio y toda clase de
actos que la propia Justina hubiera preferido morir antes de cometer. De esta
manera, la novela finaliza, con una Julieta triunfante, casada con un noble,
llena de dinero, joyas y oro, fornicando con el Papa Pío Sexto en medio de una
misa consagrada a Satanás.
Al parecer el triunfo de la
libido es inapelable en la obra de Sade. Decide morar (sea por gusto o por la
obligación moral de su cinismo) en el laberinto de los instintos, finalizando
con un Julieta triunfante; admite el triunfo del Mal sobre el Bien, del yo sobre
el yo-ideal. Y al parecer queda irresuelto el laberinto.
Sin embargo, en la vida del
escritor y fuera de este Castillo Laberíntico que se volvió su lenguaje parece
haber operado un cambio que no aparece en sus obras más conocidas. En los dos
volúmenes de Crímenes del amor, de 1800, que se vale de idilios castos
para dejar un mensaje moral, así como en su trabajo como crítico literario que
le sirve de prefacio en Ideas de la Novela, y de historiador en Historia
Secreta de Isabel de Baviera Reina de Francia, hacia 1810; hacen notar a un
marqués mucho más sosegado. Incluso en una carta a su amigo Gaspar Gaufridy,
fechada desde su reciente liberación por
la revolución francesa en 1790 le asegura:
Todas mis sensaciones y apetitos
se han extinguido. Ya no amo o deseo nada; ¡el mundo que llegué a añorar me
resulta tan aburrido y tan triste...! Hay momentos en que me siento inclinado a
convertirme en un monje trapense, y un buen día quizá desaparezca y nadie sepa
qué ha sido de mí. Nunca me había sentido tan misantrópico como desde que he
vuelto a relacionarme con la humanidad.[34]
Otro de los episodios más
pintorescos que dejan ver que detrás del atormentador rostro del marqués, no se
encontraba sino un alma frágil y desesperada en un anhelo de desaparición, es
narrada en una de sus cartas más famosas escrita en Vincennes el 16 de febrero
de 1779.
Entre una de las muchas leyendas
que rodearon a la dinastía Sade, una de las más románticas y favoritas del
marques es la que envolvía a una de sus antepasadas del siglo XIII, Laura de
Noves, casada con Hughes de Sade, puesto que se le atribuye la gracia de ser la
“Laura” de los sonetos de Petrarca. Enseñanza que le dejó muy marcada su tío el
abad de Sade, allá, cuando pasaba los días en la finca de su abuelo en Aviñón,
y lo llevaron a tener una ferviente admiración por el poeta del renacimiento
italiano. La carta, enviada desde la prisión a su esposa decía textualmente:
Laura me da vueltas en la cabeza.
Soy como un niño. Leo todo el día sobre ella y sueño con ella toda la noche.
Escucha el sueño que tuve sobre ella anoche, mientras el mundo seguía ajeno a
mí.
Era más o menos media noche.
Acababa de quedarme dormido con la vida de Petrarca en la mano. De repente me
apareció. [...] ¡La vi! El horror de la tumba no había deslucido su belleza, y
sus ojos despedían el mismo fuego que cuando Petrarca los alabó. Iba vestida de
crespón negro, con su hermosa cabellera rubia suelta con despreocupación [...]
“¿Por qué os quejáis en la tierra? -me preguntó-. Venid conmigo. No hay males,
no hay dolor, no hay problemas en la vasta extensión qué yo habito. Tened el
valor de seguirme allí.” Al oír estas palabras me postré a sus pies diciendo:
“¡Oh, madre mía!”. Y mi voz quedó ahogada por los sollozos. Ella me tendió la
mano y yo la bañe con mis lágrimas; ella también lloró. “Cuando yo moraba en el
mundo que vos odiáis -dijo-, me gustaba contemplar el futuro; conté a mis
descendientes hasta llegar a vos, y no encontré a otro tan infeliz como vos.”
Entonces, sumido en la ternura y la desesperación, le eché los brazos al cuello
para retenerla o seguirla... Pero el fantasma había desaparecido. Sólo quedó mi
dolor.[35]
Varias frases mencionadas por el
marqués dan una idea de lo que significa el deseo de desaparición. Laura viene
a él como una aparición en un sueño, sin embargo el jamás deja reconocer
que parezca viva. De hecho, “la tumba, no había deslucido su belleza.” Ella
estaba muerta, y vino por él. “Venid conmigo...” ¿A dónde más sino a la muerte,
a “la vasta extensión qué yo habito”? Esta basta extensión vuelve a ser
el anhelo de desaparición que ya le contaría a Gaufridy. Es el anhelo de
destrucción de toda su obra, es el dolor kafkaiano, sin duda de cargar con la
vergüenza de ser uno mismo.
“¡Oh, madre mía!”. “Soy como un
niño.” Revelan el deseo de todos los hombres de madres frías y distantes; una
madre idealizada por el único deseo de no ser abandonado por esa mujer. Así
como el remarcar, hacer una anotación casi disonante, pero que aclara una luz
sobre él: “Ella también lloró.” Ese gesto de que había alguien que compartió el
mismo dolor que él durante un momento es significativo cuando un hombre vive
aislado en el odio permanente, sin poder expresarse. “Le eché los brazos al
cuello para retenerla o seguirla...” ¿A la madre distante o a la muerte que
simboliza su invitación? Posiblemente a ambas. El retenerla sería conservar a
la madre, a la mujer que nunca le abandonaría; al ideal femenino de mujer
maternal que le cuide, le proteja y sobre todo le quiera. El seguirla, en
cambio, simboliza la aceptación de su “venid conmigo [...] a la basta extensión
qué yo habito.” Es la aceptación del destino fatal de que irremediablemente
queda a merced de eso que simbolizó Laura de Sade en ese sueño. Que o se
queda, o se lo lleva; amor o muerte.
Pero la última frase es la que
acaba coronándolo todo. “Sólo quedó mi dolor.” Que recuerda poderosamente a
Kafka de nuevo, con aquella corona del Proceso, que dice: “era como si
la vergüenza hubiese de sobrevivirle.”[36] El
anhelo de ambos escritores llegó a ser el mismo en determinado momento. El de
desaparecer. Kafka llegó incluso a quemar parte de su obra, en su deseo de no
ser recordado. Sade, hacia el final, intentó enterrar su memoria, y su vida.
De esta manera, como asegura
Blanchot, “muestra al solitario encaminándose, por grados, hacia la negación
total: la de todos primero, y por una especie de lógica monstruosa, la propia.”[37] Sade, finalmente abandona también el mal. Entiende después de todo que hablar
de la naturaleza, es siempre una ficción por todos los lados que la
veamos. Sade, sale, sino por sus obras, sí por su vida, de ese laberinto. También
niega que el crimen sea la respuesta definitiva. Y corona su anhelo de
desaparición con la cláusula número cinco de su testamento y ultima voluntad.
Finalmente, prohíbo que se haga
la disección de mi cuerpo bajo ningún pretexto y deseo expresamente que
permanezca en la habitación en que yo haya fallecido durante cuarenta y ocho
horas, dentro de un féretro que hará de ser clavado solo después de
transcurridas dichas cuarenta y ocho horas. [...][Se transportará] mi cadáver
al bosque de mi propiedad en Malmaison, donde sin mayor ceremonia habrá de ser
enterrado en el primer matorral que se vea al entrar al bosque. [...] Una vez
que la tumba haya sido cerrada, el piso deberá quedar cubierto de bellotas,
para que todas las huellas de la tumba desaparezcan de la faz de la tierra con
la misma rapidez que espero desaparezca mi recuerdo de las mentes de los
hombres...[38]
Sade muestra su salida del
laberinto. Pero la salida de este laberinto implica el saber que decir “yo
soy” es una ficción inaceptable. Y es ahí donde se marca más profundamente
que nunca la imposibilidad de la elección. Hegel muere y se opta por
Kierkergaard. Porque niega que la tesis del yo-ideal, pueda de
alguna manera conciliarse con la antitesis del yo. Finalmente
concluye con la tragedia angustiante de decir que la dialéctica es
inconciliable, y la síntesis es imposible, negando toda idea de progreso
en la búsqueda de uno mismo. Y en donde el conocimiento de lo que soy,
se limita a una negación del espíritu falso de mi rostro. Haciendo ver a todo
mundo que el ser, ontológica y antroponotlógicamente no es sino una máscara de
la nada, una construcción sin bases ideales que le otorguen legitimidad tanto
filosófica como ética.
Finalmente, me gustaría recalcar
que lo último que desearía lograr con este ensayo es someter a un juicio
valorativo a Sade y señalarlo como un desequilibrado. Ya ha sido víctima de la
psiquiatría de su tiempo, y del poder absolutista del orden clásico, como para
seguir apaleando su memoria. Sino más bien, el objetivo se encaminaría a
señalarnos a nosotros mismos, a través de una cuasi-metodología señalada por
Lacan, a nuestros grados de neurosis de esquizofrenia paranoica y nuestro pobre
código binario de las relaciones que ni por medio del leguaje, se esclarecen.
Que ni siquiera en la intimidad de nuestro diálogo personal o en los escritos,
logra uno reconocer la identidad. Es decir, replantear la función misma del
autor en relación consigo mismo y señalar la fatalidad que Sade descubrió al
salir del laberinto, a través del asesinato hegeliano y de la imposibilidad de
rescatar algo concreto que no sea un No Absoluto en relación a la personalidad:
Estamos solos, inclusos desamparados de nuestra voz; y no hay nada en el
universo que pueda comprobar que no somos sino una carcaza flotando sobre el
aire.
Bibliografía
Allouch, Jean. Marguerite.
Lacan la llamaba Aimmé. México D.F: Piscoanalítica de la letra, 1995
Barthes, Roland. Sade, Fourier, Loyola. Madrid:
Cátedra, 1997.
Bataille, Georges. El erotismo.
Barcelona: Tusquets, 2002
Bataille, Geores. Historia del
ojo. México D.F: Ediciones Coyoacán, 2003.
Bataille, Georges. La
literatura y el mal. Madrid: Taurus, 1971
Camus, Albert. “Un hombre de
letras, el Marqués de Sade.” Sur. 205 (Noviembre 1951) 3-14
Covarrubias, Miguel. Papelería
en tramite. Monterrey: Ediciones Castillo, 1997.
Didier,Béatrice. Sade.
México D.F: Fondo de Cultura Económica, 1997.
Du Plessix Gray, Francine. El
Marqués de Sade, una vida. Madrid: Suma de Letras, 2002
Kafka, Franz. El proceso.
Monterrey: Unidad Editorial, 1999
Lacan, Jacques. Escritos.
2 vol. México D.F: Siglo XXI, 1994
Lacan, Jaques. De la psicosis
paranoica en sus relaciones con la personalidad. México D.F: Siglo XXI,
1985
Miller, James. La pasión de Michel Foucault. Barcelona:
Andrés Bello, 1996
Raymond, Jean. Un retrato del
marqués de Sade. Barcelona: Gedisa, 1990
Roudinesco, Elizabeth. Lacan.
Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento. Bogotá: Fondo de
Cultura Económica, 2000
Sade, Donatien Alphonse Francois. Obras Completas. 2 vol. México D.F: Edasa, 1985
Sade, Donatien Alphonse Francois. Oeuvres. 4 vol. París: Gallimard, 1994