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En Carta Psicoanalítica

 

Revista Carta Psicoanalítica
ISSN: 1665 - 7845

Número 9. Septiembre de 2006

Relación entre la literatura Sadiana y la teoría de la esquizofrenia paranoica de Jacques Lacan

Alejandro Vázquez Ortiz[1]

Permíteme hablar contigo, voz amada, contigo, el último aliento recordado de toda felicidad humana, aunque sea durante una hora. Porque gracias a ti me engaño y descreo de mi soledad y me miento y me indico un camino de retorno a la multiplicidad y al amor; porque el corazón teme creer que el amor ha muerto. No puede soportar los helados estremecimientos de la más solitaria de las soledades. Me impulsa a hablar como si yo fuera Dos.

Nietzsche

La literatura de Sade se puede definir, al menos en sus partes más expuestas, como la negatividad pura. En su tetralogía del libertinaje, compuesta por Justina o las desventuras de la virtud, Julieta o el vicio ampliamente recompensado, La Filosofía en el Tocador o los instructores inmorales y Los 120 días de Sodoma; parece empeñarse en algo: descubrir, con un juego de sombras y luces, lo que oculta el ser moral tras su rostro.

A través del juego de ambientes propio de toda literatura, Sade nos lleva a las profundidades de la mente humana en los castillos laberínticos, donde asegura mostrarnos el verdadero rostro de lo humano.

El castillo medieval, en ese sentido, se vuelve para Sade el ambiente perfecto para el desenvolvimiento de su teatro negativo. Descendemos, con él como guía, a lo que asegura es el centro del corazón del hombre: la monstruosidad. O mejor dicho, la actitud sin freno de la libertad; cosa que Bataille en la más ligera pero cierta de todas sus descripciones dice del marqués: “uno de los hombres más rebelde y más iracundo que jamás hayan hablado de rebelión y de rabia; un hombre, en una palabra, monstruoso, el que poseía la pasión de una libertad imposible.”[2]

Sin embargo: ¿Podemos interpretar una significación doble de este encierro en el castillo? Sea la torre o el sótano, en lo que respecta a cada uno de los dos tipos de personajes que predominan en la literatura sadiana (víctimas y victimarios), los muros del castillo fungen de dos maneras distintas: En los primeros tienen la función de celda, de prisión, de elementos sofocantes, terroríficos, y en muchos casos, los muros operan a manera de sepulcro sellado. En cambio a los victimarios, las profundidades y el claustro, les otorga la libertad; la seguridad uterina de que están fuera de la ley y de toda jerarquía que no sea la suya. Les otorga la seguridad de que todo lo que se halle entre las cuatro paredes, le pertenece.[3]

Una pregunta necesaria para dilucidar lo anterior, sería: ¿Qué es el castillo, en realidad para Sade? ¿Cómo se puede entender la geografía arquitectónica de la literatra sadiana? ¿Trabaja bajo el signo de la libertad o el de la prisión? ¿Sade, al momento de escribir lo hacía como víctima o como victimario?

Hacia 1763 Sade llega a La Coste, una propiedad de la familia descrita como una de las regiones más románticas de Francia, con caminos empinados de piedras gris claro, y que habría de servirle de guarida, de hogar y en varias ocasiones de refugio de la ley.[4] Bien señala una de sus tantos biógrafos Du Plessix, como eran conocidas las fiestas que ahí se organizaban. Sade fue incluso sorprendido con una prostituta que presentaba como mademoiselle Beauvoisin, pariente de su señora esposa. Y “con la independencia de cómo haya presentado Donatien a su compañera, actuó como si se tratase de la relación más normal del mundo; durante el mes siguiente organizó en sus dominios fiesta tras fiesta, en las que escenificaba obras de teatro de aficionados en el ala norte del castillo y a las que invitaba a decenas de nobles de las comunidades.”[5] Asimismo, el marqués apenas y ponía un pie fuera de prisión y corría directo a su “amada La Coste”. Como lo hizo después de la fuga de Miolans hacia 1774.[6]

Por esto y otras situaciones, La Coste llegó a ser considerado por la familia de Sade,  un lugar maldito, donde sabían que Donatien se entregaba a diversas libertades, que hicieran famoso al lugar y que se sancionaron a cada oportunidad. He aquí un claro ejemplo de cómo Sade defendió a La Coste, en una contestación a la marquesa de Villeneuve, amiga cercana de su tío y mentor el abad de Sade, fechada el 20 de mayo de 1765:

“Que la gente diga lo que quiera, aunque les estéis diciendo justo lo contrario”, me sugirió el abad. [...] Me limito a seguir su consejo. Cuando una de vuestras hermanas casadas [madame de Villeneuve] vivió aquí con su amante, ¿acaso pensasteis que La Coste era un lugar maldito? Mi comportamiento no es peor que el suyo, y ni ella ni yo merecemos que se nos culpe. En cuanto a la persona que os proporcionó la información [el abad de Sade], quizá sea sacerdote, pero siempre vive con un par de fulanas... Perdonadme que emplee vuestro mismo lenguaje. ¿Acaso su château es un serrallo? No, mejor aún, es un burdel.[7]

La libertad que el marqués adquiría dentro de La Coste era absoluta, y solo ahí llegó a sentirse realmente en casa, en la plena libertad total de dominio y confort. Una de sus más famosas correrías se ve en el “episodio de las niñas”, así llamado al invierno de 1774, ante su recién escapatoria de la cárcel de Miolans, Sade hace contratar a 5 jovencitas para “menesteres” domésticos. Sin embargo, seis semanas después, con certificado en mano, las jóvenes se quejan de azotes, flagelación y “ojales”. Sin entrar en detalle (puesto nadie sabe que se pudo haber ocurrido dentro de La Coste durante esas seis semanas), podemos atrevernos a conjeturar al menos lo más básico del ejercicio sadomasoquista en el ejercicio de la orgía y castigos corporales.[8]

Sin embargo, ¿es esta toda la significación que se ve reflejada en cada una de las fortalezas? ¿O, por el contrario existe una doble significación del signo? ¿Acaso Sade nos tiende una trampa al entrar a su castillo?[9] Es también cierto que los castillos tuvieron otra significación para Sade. Pierre-Encize, Moilans, la Bastilla, Vincennes y Charenton, fueron sus prisiones durante más de la mitad de su vida. Y en ese sentido era ahí cuando Sade no era más el amo de sus dominios interiores. Ahí estaba obligado a interpretar el papel de la víctima: los muros ya no protegían, sino sofocaban. De esa manera menciona en una carta al caballero Saint Sauveur teniente de la Bastilla, con fecha de diciembre de 1785, respecto de un cambio de celda que le disgustaba de sobre manera: “El accidente que sufrí últimamente proviene de no poder cerrar el ojo ni de día ni de noche. ¿No es ya una crueldad atroz elegir esos momentos para volver las noches todavía más crueles?”[10]

De esta forma, como señala Margo Glantz en un estudio comparativo entre Sade, Poe, Julio Verne y Bataille: “Poe y Sade encierran a sus personajes para ordenar sus rituales eróticos. Rituales despojados de cuerpo o relacionados con un cuerpo muerto en Poe (sus mujeres aparecen en su corporeidad sólo cuando están muertas o a punto de morir) o rituales donde el cuerpo reitera el pleonasmo en Sade (la excesiva carnalidad diluye y sirve para realzar la monstruosidad).” Sade se limita para desenfrenarse mejor.[11]

Es así como el Castillo de Sade es de una arquitectura que se haya siempre bajo el signo del poder. Siempre lleva en su núcleo una sala del libertinaje, fastuosa, con comedores donde se organizan banquetes increíbles; la cúpula del poder, en donde no entra nada, sino para disfrutar de sí mismo a través de la corrupción moral y el deleite de los cuerpos. Pero también el castillo siempre tiene sótanos. Tiene calabozos húmedos, donde entran todas esas almas que se resisten a corromperse; y donde se les lleva, para que el poderoso (el verdugo), ejerza lo que por derecho natural se le corresponde: el poder de gozar, de destruir, de sacrificar.

Sade crea un micro universo... Y más allá del sentido sociológico que se puede interpretar como el mundo mismo donde interactúan las fuerzas, ya no del mal y del bien, sino del fuerte y del débil; del que goza y el que sufre, por la fatalidad de la educación moral; podemos ver que interactúan en realidad los dos lados de una personalidad sadomasoquista.

Recordemos el informe policial sobre la orgía de 1772 (la orgía de las “moscas de España”), bajo el testimonio de la prostituta Marianne Laverne, para aquellos que dudan, como los ha habido, de la dosis masoquista del marqués:

“Sade le entrega un rollo de pergamino cubierto de clavos torcidos y le pide que lo azote con él. Marianne no atina a propinarle más de dos golpes. El marqués le ordena que continúe pero ella está a punto de desmayarse. Entonces Sade le pide que vaya a buscar una escoba de brezo que está en la cocina. Marianne menos temerosa de este utensilio doméstico que del azote metálico, golpea al marqués varias veces, al tiempo que este le grita que lo haga con más brío.”[12]

Sade en su lenguaje y en su vida se convierte en dos: En la víctima, el prisionero, el azotado; y en el victimario, el libertino, el verdugo.

Bajo esta idea analizaremos sus obras “hermanas”, Justina y Julieta.

Ya Pulham lo dijo antes: Justina es Sade.[13] Justina, como el marqués, es la errante prisionera que no sale de un calabozo sino para caer a otro. No evade las garras de azotadores, verdugos y déspotas sino para hundirse siempre en el terror de otras peores. Y si Justina es Sade-víctima. ¿Quién es Julieta sino Sade-victimario? Si Sade-Justina es víctima de innumerables fechorías perpetradas por el propio Sade personificado en el mundo corrupto y corruptor; Sade-Julieta hace víctima al mundo con su libertinaje sin fronteras. Recordemos la “gran hazaña” del ministro Saint Fond, ministro y amigo íntimo de nuestra Julieta:

Amigos míos -dijo orgullosamente-, acabo de concebir la hazaña más monstruosa de laciva de todos los tiempos: un plan para despoblar Francia. La primera etapa implica un infanticidio universal obligatorio, según el cual todo niño que haya tenido la desdicha de ser concebido habrá de ser muerto en cuanto nazca. Prosiguiendo esta política durante veinticinco años, pronto habremos formado una nación cuyos habitantes serán todos de edad madura. Después bastará con suprimir el abastecimiento de alimentos y dejar que mueran todos de hambre; esto no deberá prolongarse más de cinco años. Así en treinta años este amado país nuestro podrá estar totalmente desprovisto de vida humana.[14]

La una víctima, la otra victimaria: es ahí donde se formula la pregunta que nos guía al laberinto: el laberinto nietzscheano de preguntar: ¿Quién o qué es realmente el autor? ¿Qué es lo que Sade trataba de traer a la luz, con la oscuridad de las mazmorras y los múltiples discursos acerca del descubrimiento de uno mismo en el exceso, en el asesinato, en el mal y en general al desatar sin límite las crueldades naturales de los instintos?

Resulta de lo más inútil tratar las incoherencias del discurso filosófico sadiano. Disfrazado de ateismo y de amoralidad; parece olvidar de pronto todas sus blasfemias y sus exhortaciones al crimen. Sade no suprime sino niega “a Dios en nombre de la naturaleza -y el material ideológico de su tiempo lo provee de discursos mecanicistas-, hará de la naturaleza un poder de destrucción.”[15] Es decir, Sade no es un ateo, sino un anti-teo, y no aboga por una naturaleza libre, sino por una naturaleza criminal. Impulsado siempre por esa libertad de lo imposible, de lo negativo, Sade llega a concebir la libertad como generalmente la concibe un prisionero, “o es crimen o ya no es libertad.”[16]

Y bajo este peso dicen al marqués, Justina y Julieta a un mismo tiempo: “Yo soy tu laberinto.”[17]

París. Abril 18, 1931. Marguerite Pantaine de 38 años, saca de su bolso un cuchillo de cocina e intenta asesinar a la actriz Huguette Duflos a su llegada al teatro Saint Georges. La hiere profundamente en el auricular de la mano derecha. Atada Marguerite fue llevada a la comisaría y de ahí a la enfermería especial y cárcel de mujeres Saint-Lazare. Se hunde en el delirio durante 20 días. El 3 de Junio de 1931 es trasladada al asilo Saint-Anne con el diagnóstico de delirio de persecución a base de interpretación con tendencias megalomaniacas y sustrato eteromaniaco.

18 de Junio del mismo año. Jacques Lacan se hace cargo de la paciente. A través de un psicoanálisis que duró aproximadamente un año, en el cuál Lacan fue recabando toda la historia de la tormentosa vida de la mujer, logra dar forma a su célebre tesis De la psicosis paranoica y sus relaciones con la personalidad (1932).

Del matrimonio de Jean-Baptiste Pantaine y Janne Donnadieu, nace hacia el 19 de Octubre de 1885 su hija primogénita Marguerite Pantaine.[18] Pasados cinco años y del nacimiento de otra hija Élise Pantaine, el 10 de diciembre de 1890 Marguerite sufre un accidente cuando se acerca demasiado a la chimenea de su casa y arde ante los ojos de Élise, su pequeña hermana. Un mes después, Janne Donnadieu vuelve a quedar embarazada, el 12 de Julio de 1891 nace un varón muerto. Un año después, el 4 de Julio de 1892 nace Marguerite Jeanne Pantaine, la que 38 años después atacará a Duflos.

La madre de Marguerite tenía fama de estar un poco loca. Daba muestras de gran vulnerabilidad y sus inquietudes tendían a convertirse en sospechas. Tenía sentimientos de ser perseguida y espiada.[19] La niña Marguerite tiende a ser la favorita de la casa, se le mima y se le sobre protege, interpretado esto como una manera de prolongar el duelo sobre su hermana homónima fallecida. Ésta situación acaba por despertar la envidia de sus dos hermanas, Élise y Marie. Ante las constantes indisposiciones de su madre, Élise, su hermana mayor se hará cargo de su hermana desde 1893 a 1902 (año en que contrae ésta, nupcias con su tío). Marguerite la identificará como figura maternal.[20]

Marguerite, hacia 1917 conoce y se enamora de una mujer cuyo nombre en los archivos del caso de Lacan aparece como “señorita C. de N.” descrita como intrigante, refinada, frívola y despreciadora del empleo de correos que compartía con Marguerite. Miembro de la nobleza venida a menos, es por esta “señorita”, que fungía de arbitro de las elegancias con todas sus amistades, que Pantaine vive presa de los relatos del imaginario bovariano, además de ser de su boca que escuchó hablar por primera vez de Hugette Duflos.

A mediados de 1917 conoce al que será su esposo, René Anzieu. Después de un apresurado casamiento, las pocas aptitudes de Marguerite para el estado conyugal de un matrimonio corriente se hicieron más que evidentes: su lentitud innegable, su gusto extremo por la ensoñación y su propensión a la lectura.[21]

Muerto el esposo de su hermana Élise, ésta es recibida por el matrimonio Anzieu-Pantaine. Finalmente, hacia 1921 Marguerite queda embarazada. Comienzan a despertar en ella sentimientos de persecución: “Parecen apuntar a ella, critican sus acciones de manera ofensiva, calumnian su conducta y le anuncian desdichas. En la calle, los que pasan murmuran señales contra ella y le dan señales de su desprecio. Reconoce en los periódicos locales alusiones dirigidas contra ella.”[22]

En marzo de 1922 da a luz una niña asfixiada por la circularidad del cordón umbilical. Ella inmediatamente imputó a sus enemigos la tragedia. Algunos días después la “señorita C. de N.” le llamó por teléfono para preguntar su estado de salud y de ánimo, y Marguerite la hizo responsable bruscamente de su desdicha. Se hundió en un mutismo y rompió con sus costumbres religiosas.

Poco después volvió a quedar encinta y pasó un nuevo estado depresivo, y hacia Julio de 1923 di a luz a Didier Anzieu.

Durante meses la actitud de Marguerite fue de posesión total. Se negaba a que alguien se acercara a su hijo o lo amantaran. Lo cubría con mantas y varias capas de ropa para protegerlo del exterior. Un día acusó a unos automovilistas de haber pasado demasiado cerca del cochecito del niño, y mientras les reclamaba, éste chupaba la costra de suciedad de las llantas del cochecito. De igual forma, tan pronto lo llenaba de ricos alimentos hasta el punto que tenía que vomitar, tan pronto se olvidaba de la hora del biberón.

  Poco a poco su hermana Élise comienza a tomar un papel suplantador como ama de casa e institutriz del niño ante las poco ortodoxas actitudes su hermana menor. Marguerite llega a sentir que su hermana (“su madre”) se roba el cariño de su esposo y su hijo. Posterior a esto, se va a París donde intentará publicar una novela, a pesar de la protesta de su esposo y su hermana. Ahí conoce a Pierre Benoit, editor y escritor, y entonces pareja de la actriz Duflos, al cual llegara a amenazar de muerte después de la negativa a la publicación de la su novela titulada Aimeé.

Finalmente Lacan llega a la conclusión de que el ataque a la actriz Duflos, se derivó del delirio de persecución, ya que aseguraba que era esta mujer, (poderosa, frívola y su ideal de diva -curiosamente semejante a la “señorita C. de N.”), la que le sugería al editor no publicar su novela. Haciendo las comparaciones de esta situación con los acontecimientos con su amor imposible de la “señorita C. de N.”, así como las intromisión de su hermana “dominadora”, que la superaba como más capacitada para ser una “buena mujer”; el ver que su novela no fuera publicada acababa de destruir sus sueños en su totalidad y desuniendo así, los delicados hilos de su “integridad” psicológica.

La novela no deja de ser menos reveladora en ese sentido. Narraba la historia de una madre que asesinaba a su hija para hacerse amante de su yerno, y que finalmente se entrega a la policía confesando su crimen, llena de culpa. Marguerite acaba diciendo a su psicoanalista: “Yo era a la vez esa madre y esa hija.”[23]

Este caso, popularizado por los medios franceses, tanto por la víctima Duflos que llevaba un auge bastante considerable como actriz, como por la vida de la victimaria; dio a Lacan una perspectiva que le permitió fincar la propuesta -que no quedaría del todo sellada, (como en general todos los lineamientos del sistema lacaniano que se distinguen por su dinamisidad)- de una esquizofrenia cuya génesis era la crueldad social: el sadismo entre clases. Donde la víctima, los parias, acababan rebelándose contra las luminarias ideales que encarnaban para ellos el secreto, en el imaginario colectivo, de la felicidad:

La sociedad moderna deja al individuo en un aislamiento moral cruel y muy particularmente sensible en esas funciones cuya situación intermediaria y ambigua puede ser por sí misma fuente de conflictos interiores permanentes. Otras personas han subrayado el importante contingente que aportan a la paranoia ésos a los que llaman [...], los primarios, maestros e institutrices, gobernatas, mujeres dedicadas a empleos intelectuales subalternos, autodidactas de todas las especies. [...] Por eso nos parece que ese tipo de sujeto debe encontrar el mayor provecho en una integración, conforme a sus capacidades personales, en una comunidad religiosa. Encontrará en ella una satisfacción, sometida a reglas, de tendencias auto punitivas. A falta de esa solución ideal, toda comunidad que tienda a satisfacer [...] las mismas condiciones: de beneficencia, de emulación moral, o sociedades de pensamiento, gozará de las mismas indicaciones.[24]

Es decir, que la paranoia y la esquizofrenia nacen en sí de un aparente divorcio entre los parias y el ideal comunitario. El esquizofrénico es el que se rebela contra la naturaleza ideal del grupo; y en este caso Marguerite, lo que hizo fue personificar su ideal de triunfo, de buena hija, buena madre, buena esposa y buena artista en la actriz Duflos, y a la que fue a atacar directamente. La esquizofrenia venía a estar íntimamente ligada con una especie de lucha de clases, en donde los parias, hartos de los elementos autopunitivos de su personalidad, acaban por atacar a aquellos que los castigaban y ordenaban en lo que debía ser y como tenía que ser.

Le Mans. 2 de febrero de 1933. Christine y Léa Papin, dos criadas educadas en un orfanato cristiano, asesinan salvajemente a sus patronas: la señora Lancelin y su hija. Un corte de la electricidad impidió que Christine terminara de planchar, a raíz de lo cual arrastró a su hermana a una carnicería en donde, arrancaron los ojos de las víctimas y laceraron sus cuerpos con utensilios de cocina, inundando la casa de sangre y sesos. Cerraron la puerta principal con cerrojo, y se echaron las dos jutas acurrucadas en la cama, vestidas solo con una bata a esperar a la policía.

Tras ser declaradas “sanas” de cuerpo y espíritu y plenamente responsables de sus actos, aguardaban a la audiencia del juicio. Christine era víctima de síncopes y trataba de arrancarse los ojos, ponía los brazos en cruz y se entregaba a exhibiciones sexuales. Anunciaba que en la vida futura sería el marido de su hermana, y después veía en sueños, a la misma con las piernas cortadas, suspendida de un árbol. Tras la intervención del psiquiatra Benjamin Logre, se pudo establecer un diagnóstico clínico que las declaraba “desequilibradas.”[25]

Lacan vio en este caso, muy popular también, (que incluso llevó a intervenciones y declaraciones de Paul Éluard y de Sartre, que denunciaron la hipocresía de la sociedad burguesa), un marco que ajustaba plenamente a su teoría anterior que había elaborado a raíz del de Marguerite Pantaine. Sin embargo, acaba admitiendo que las historias eran diferentes. “En el caso de las domésticas no había bovarismo, ni erotomanía. Además, no se trataba de una mujer anónima que hería a una mujer célebre, sino de una exterminación salvaje que se desarrollaba en la intimidad de un hogar ordinario, entre mujeres ordinarias que se conocían desde hacía mucho.”[26]

Sin embargo el historial de los conflictos traumáticos previos a la formación de la personalidad, que de común son los que provocan la psicosis esquizofrénica, no es menos significativo. En un breve pero interesante recuento se podría enumerar: El padre de Christine y Lea había sido amante de su hija mayor, su abuelo había muerto epiléptico, un primo se había vuelto loco y un tío había sido encontrado ahorcado en su granja.[27]

Lacan finalmente concluye que este caso, iba más allá del ataque a una realidad social en la cual no figuraba el paria o el asocial; sino dice textualmente: “es un proceso de anonadamiento radical del ser.” Ya no era una función del odio de clases, basado en el signo colectivo convertido en ideal, sino de una traducción de una realidad de la enajenación paranoica a un ideal interiorizado. “El verdadero móvil del crimen no era el odio de clase, sino la estructura paranoica a través de la cual, el asesino hería al ideal del amo que llevaba en sí.”[28]

Tesis que profundizara de manera sistematizada en su célebre texto: El estadio del espejo como formador de la función del Yo [je] tal y como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Que escribiría hacia 1936, pero que no tuvo una presentación formal sino hasta el XVI Congreso Internacional de Psicoanálisis en Zurich, en 1949.

Cuya tesis principal, narra la matriz del yo [je] a través de la contemplación en el espejo; experiencia opuesta al cogito cartesiano. Es decir, yo no pienso y luego existo; sino, me veo y luego me invento. Este yo es el motor de impulso de la libido, contrarrestado a su vez por el yo-ideal [moi-idéal], cuyas funciones las reconocemos como de normalización libidinal. Y finalmente concluye:

Al término de la empresa histórica de una sociedad por no reconocerse ya otra función sino la utilitaria, y en la angustia del individuo ante la forma concentracionaria del lazo social cuyo surgimiento parece recompensar este esfuerzo, el existencialismo se juzga por las justificaciones que da a los callejones sin salida subjetivos que resultan de ello: una libertad que no se afirma tanto como en una cárcel, una exigencia de compromiso en la que se expresa la impotencia de la pura conciencia para superar ninguna situación, una idealización vouyerista-sádica de la relación sexual, una personalidad que no se realiza sino en el suicidio, una conciencia del otro que no se satisface sino por el asesinato hegeliano.[29]

Es decir, la rebelión del yo, sobre el yo-ideal era finalmente la que representaba la esquizofrenia paranoica en todos los sujetos. El yo de Marguerite, lo que hizo fue personificar su yo-ideal el la actriz Duflos, y fue a atacarla. De la misma manera las hermanas Papin. Y exactamente como lo hace Sade en sus obras “hermanas”.

El yo-ideal de Sade, personificado en Justina, es víctima de un discurso del terror, por el propio sujeto que se entrega al ello libidinal freudiano. Esto llega al límite, hacia el final de la novela, en el momento de la exterminación de Justina. Ya que, a pesar de todo, no es un hombre quien acaba con ella. No es un ser humano, aunque sea envestido de la monstruosidad sin rostro del libertinaje sin fronteras: eso no satisface a Sade... Justina tiene que morir en manos de la infinita crueldad del deseo sin nombre, sin identidad: La Naturaleza.

Una terrible tormenta las había obligado a permanecer dentro de la casa; pero el calor opresivo de aquel sol de la tarde impuso que se abrieran todas las ventanas. Al caer la noche los rayos zigzaguearon por el cielo, y madame de Lorsange se asustó. Justina, tratando de consolarla, se dedico a cerrar los postigos.

Entonces la tormenta arreció. Grandes ráfagas de viento penetraban por las ventanas abiertas rompiendo los vidrios y azotando los postigos. Justina, para tratar de limitar los daños se puso a luchar para tener todo cerrado el postigo de la ventana más amplia. De repente un enorme rayo cayó desde el cielo; saliendo de las nubes en líneas quebradas, su extremo agudo penetró por la ventana ante la cual estaba parada Justina y... ¡la fulminó![30]

Es el id libidinal acaba simbolizado en ese rayo, ciego, incandescente, luminoso y destructivo. Justina es destruida finalmente por aquello que encarna después Julieta. El yo, que se haya tan cerca de los instintos y que por él es manejado. Es la raíz de asesinato hegeliano que señala Lacan. Es la psicosis de la esquizofrenia, de la división de la mente, y de la interacción de poderes que implica esta relación de amo-esclavo. En donde el yo-ideal, cuya fuerza represiva, burócrata y fascista, creada en la génesis inventiva de la moral del “espejo” sobre la libido, convierte finalmente al yo, en víctima de su normalización.

La neurosis del marqués al asesinar a su yo-ideal, es apenas diferente (en grados de intensidad), con la psicosis esquizofrénica de las hermanas Papin o de Marguerite Pantaine. La diferencia única es la agudeza con la que se presentan y se traslada al plano del símbolo sobre la realidad. Hugette Duflos es para Marguerite, lo que Justina es a Sade, y por eso van por ellas. Porque representan el bagaje cultural imposible de sostener. Y de esta manera Sade, rebelándose contra el ideal que de la naturaleza que subsiste en sí mismo, sale de una sección del laberinto del ser.

La historia de la niñez del marqués, si bien algo difusa, puede arrojar algunas luces al respecto. Donatien, hijo único del matrimonio arreglado y abiertamente hostil entre el conde de Sade, llamado Jean-Baptiste y la condesa de Sade llamada Marie-Éléonore Maillé de Carman, vive su primera infancia en el castillo de Condé en París, ya que su madre era pariente cercana del padre del principe Borbón, tan solo 4 años mayor que Donatien.

De hecho, hacia 1744, cuando el marques apenas tenía 4 años y el príncipe Condé llamado Louis-Henri, duque de Borbón, solamente tenía 8, data una de las crónicas más interesantes acerca de su comportamiento infantil. El episodio se encuentra narrado en su novela Aline y Valcour, el trabajo más autobiográfico en Sade.

Como nací y me crié en el palacio del ilustre príncipe con quien mi madre tenía el honor de guardar parentesco, y que tenía una edad similar a la mía, fui alentado a estar siempre en su compañía [...] pero durante uno de nuestros juegos infantiles, mi vanidad [...] resultó herida en una disputa por un objeto; y como [el príncipe] parecía ser de la opinión de que tenia derecho al mismo por su rango superior, me vengué de su resistencia con repetidos golpes que escaparon a mí control, de manera que sólo pudieron separarme de mi adversario por la fuerza.[31]

El hecho es más significativo de lo que parece. Después de este incidente, Donatien de tan solo 4 años, sufrió su primer destierro y marginación debido a sus actitudes coléricas, y fue enviado a Aviñón, con su abuelo Gaspard-Francois de Sade, que le profesaba al muchacho una adoración como pocas y donde recibía las primeras instrucciones de su tío, el abad de Sade.

La tesis acerca de la neurosis del marqués,  provocada por éste y otros incidentes, dejará claro lo que se intenta ver aquí. Una vez separado por el príncipe de la órbita de la nobleza y de la vida cómoda que vivía en aquel castillo, pero sobre cualquier otra cosa, separado de su madre; y de hecho viéndose suplantado en su papel de hijo, de recibir apoyo, cariño y enseñanza de ella (ya que la Condesa de Sade, era la dama de honor e institutriz del pequeño duque). Podemos situar al príncipe Condé, en la región de lo inalcanzable, deseable y por lo mismo odioso, (como la actriz Duflos, o la hermana Élise de Marguerite). Además de esta brutal separación de su madre, que ya de por sí había sido fría y negligente a entregar cariño, (quizá debido a que previo al marqués, la condesa había perdido a una hija a tan solo dos años de haber nacido, Caroline-Laure de Sade, incidente del cual podemos conjeturar que el impacto de su perdida provocó el distanciamiento emocional con su siguiente hijo), también se conjetura que el feroz egocentrismo del marqués surge debido a la presencia de unos abuelos consentidores en el momento en que Sade se sentía abandonado por su madre. Es decir, el “yo grandioso”, tomada como una etapa del desarrollo humano del niño, si es exaltado, puede convertirse en megalomanía si se conserva en la edad adulta.

Es decir, su altanería no era más que un mecanismo de defensa contra la soledad de una madre que no lo visitaba, que jamás hizo algo por él, y por un padre que siempre estaba en el extranjero. Durante sus estudios en París, hay indicios de las experiencias masoquistas y muchas veces eróticas al momento de ser reprendido con azotes. Entre sus biógrafos se enumera una sintomatología propia de una persona que se esfuerza por mantener su integridad psicológica, entre los cuales se enumeran el narcisimo, identidades ilusorias, analidad infantil y exhibicionismo.[32]

En este sentido no quiero parecer moralista o un freudiano que señale las perversiones o aberraciones de un carácter. Si llamo o relaciono a Sade con un esquizofrénico, no lo hago en la mayor media en la que yo mismo me acusaría de los mismos síntomas existenciales. Soy más bien de la idea que ese desliz de locura viene a salvaguardar la verdadera razón. Y grito junto con Antonin Artaud: “Si no hubiera médicos, nunca habría enfermos.”[33] Intento apenas retratar la bien entendida psicología del marqués para entender a al autor, y aquello que nos quería él mostrar. De hecho creo que ese teatro de la negatividad que presenta Sade, es perfectamente necesario para salir de los laberintos de la personalidad. Quizá no para saber, qué somos, pero al menos para asegurarnos de qué es lo que no somos. De esa manera la rebeldía es una acción deseada y una especie de cura contra la mentira que es nuestro rostro en el espejo: nuestro yo-ideal, invención de las cicatrices de la autopunción social y moral. El crimen como elección es de lo más sano para erradicar esa falsa idealización de nuestro ser. Representar la negatividad de lo que somos, o para lo que hemos sido educados, abre las puertas a la sana inquietud nietzscheana de llegar a ser lo que se es.

¿Pero, es ahí donde se termina el laberinto? Sade ha contestado a Justina. Pero ¿Acaso le dirige la palabra a Julieta? Julieta o el vicio ampliamente recompensado, aparece por primera vez en 1797, y narra las peripecias de la joven, hermana de la pobre Justina, que decidida a hacer fortuna y vivir los placeres de la carne, no duda un segundo en hacerse prostituta, y escalar puestos a base de usurpación, homicidio, la utilización de su cuerpo como valor de cambio y toda clase de actos que la propia Justina hubiera preferido morir antes de cometer. De esta manera, la novela finaliza, con una Julieta triunfante, casada con un noble, llena de dinero, joyas y oro, fornicando con el Papa Pío Sexto en medio de una misa consagrada a Satanás.

Al parecer el triunfo de la libido es inapelable en la obra de Sade. Decide morar (sea por gusto o por la obligación moral de su cinismo) en el laberinto de los instintos, finalizando con un Julieta triunfante; admite el triunfo del Mal sobre el Bien, del yo sobre el yo-ideal. Y al parecer queda irresuelto el laberinto.

Sin embargo, en la vida del escritor y fuera de este Castillo Laberíntico que se volvió su lenguaje parece haber operado un cambio que no aparece en sus obras más conocidas. En los dos volúmenes de Crímenes del amor, de 1800, que se vale de idilios castos para dejar un mensaje moral, así como en su trabajo como crítico literario que le sirve de prefacio en Ideas de la Novela, y de historiador en Historia Secreta de Isabel de Baviera Reina de Francia, hacia 1810; hacen notar a un marqués mucho más sosegado. Incluso en una carta a su amigo Gaspar Gaufridy, fechada desde su reciente liberación  por la revolución francesa en 1790 le asegura:

Todas mis sensaciones y apetitos se han extinguido. Ya no amo o deseo nada; ¡el mundo que llegué a añorar me resulta tan aburrido y tan triste...! Hay momentos en que me siento inclinado a convertirme en un monje trapense, y un buen día quizá desaparezca y nadie sepa qué ha sido de mí. Nunca me había sentido tan misantrópico como desde que he vuelto a relacionarme con la humanidad.[34]

Otro de los episodios más pintorescos que dejan ver que detrás del atormentador rostro del marqués, no se encontraba sino un alma frágil y desesperada en un anhelo de desaparición, es narrada en una de sus cartas más famosas escrita en Vincennes el 16 de febrero de 1779.

Entre una de las muchas leyendas que rodearon a la dinastía Sade, una de las más románticas y favoritas del marques es la que envolvía a una de sus antepasadas del siglo XIII, Laura de Noves, casada con Hughes de Sade, puesto que se le atribuye la gracia de ser la “Laura” de los sonetos de Petrarca. Enseñanza que le dejó muy marcada su tío el abad de Sade, allá, cuando pasaba los días en la finca de su abuelo en Aviñón, y lo llevaron a tener una ferviente admiración por el poeta del renacimiento italiano. La carta, enviada desde la prisión a su esposa decía textualmente:

Laura me da vueltas en la cabeza. Soy como un niño. Leo todo el día sobre ella y sueño con ella toda la noche. Escucha el sueño que tuve sobre ella anoche, mientras el mundo seguía ajeno a mí.

Era más o menos media noche. Acababa de quedarme dormido con la vida de Petrarca en la mano. De repente me apareció. [...] ¡La vi! El horror de la tumba no había deslucido su belleza, y sus ojos despedían el mismo fuego que cuando Petrarca los alabó. Iba vestida de crespón negro, con su hermosa cabellera rubia suelta con despreocupación [...] “¿Por qué os quejáis en la tierra? -me preguntó-. Venid conmigo. No hay males, no hay dolor, no hay problemas en la vasta extensión qué yo habito. Tened el valor de seguirme allí.” Al oír estas palabras me postré a sus pies diciendo: “¡Oh, madre mía!”. Y mi voz quedó ahogada por los sollozos. Ella me tendió la mano y yo la bañe con mis lágrimas; ella también lloró. “Cuando yo moraba en el mundo que vos odiáis -dijo-, me gustaba contemplar el futuro; conté a mis descendientes hasta llegar a vos, y no encontré a otro tan infeliz como vos.” Entonces, sumido en la ternura y la desesperación, le eché los brazos al cuello para retenerla o seguirla... Pero el fantasma había desaparecido. Sólo quedó mi dolor.[35]

Varias frases mencionadas por el marqués dan una idea de lo que significa el deseo de desaparición. Laura viene a él como una aparición en un sueño, sin embargo el jamás deja reconocer que parezca viva. De hecho, “la tumba, no había deslucido su belleza.” Ella estaba muerta, y vino por él. “Venid conmigo...” ¿A dónde más sino a la muerte, a “la vasta extensión qué yo habito”? Esta basta extensión vuelve a ser el anhelo de desaparición que ya le contaría a Gaufridy. Es el anhelo de destrucción de toda su obra, es el dolor kafkaiano, sin duda de cargar con la vergüenza de ser uno mismo.

“¡Oh, madre mía!”. “Soy como un niño.” Revelan el deseo de todos los hombres de madres frías y distantes; una madre idealizada por el único deseo de no ser abandonado por esa mujer. Así como el remarcar, hacer una anotación casi disonante, pero que aclara una luz sobre él: “Ella también lloró.” Ese gesto de que había alguien que compartió el mismo dolor que él durante un momento es significativo cuando un hombre vive aislado en el odio permanente, sin poder expresarse. “Le eché los brazos al cuello para retenerla o seguirla...” ¿A la madre distante o a la muerte que simboliza su invitación? Posiblemente a ambas. El retenerla sería conservar a la madre, a la mujer que nunca le abandonaría; al ideal femenino de mujer maternal que le cuide, le proteja y sobre todo le quiera. El seguirla, en cambio, simboliza la aceptación de su “venid conmigo [...] a la basta extensión qué yo habito.” Es la aceptación del destino fatal de que irremediablemente queda a merced de eso que simbolizó Laura de Sade en ese sueño. Que o se queda, o se lo lleva; amor o muerte.

Pero la última frase es la que acaba coronándolo todo. “Sólo quedó mi dolor.” Que recuerda poderosamente a Kafka de nuevo, con aquella corona del Proceso, que dice: “era como si la vergüenza hubiese de sobrevivirle.”[36] El anhelo de ambos escritores llegó a ser el mismo en determinado momento. El de desaparecer. Kafka llegó incluso a quemar parte de su obra, en su deseo de no ser recordado. Sade, hacia el final, intentó enterrar su memoria, y su vida.

De esta manera, como asegura Blanchot, “muestra al solitario encaminándose, por grados, hacia la negación total: la de todos primero, y por una especie de lógica monstruosa, la propia.”[37] Sade, finalmente abandona también el mal. Entiende después de todo que hablar de la naturaleza, es siempre una ficción por todos los lados que la veamos. Sade, sale, sino por sus obras, sí por su vida, de ese laberinto. También niega que el crimen sea la respuesta definitiva. Y corona su anhelo de desaparición con la cláusula número cinco de su testamento y ultima voluntad.

Finalmente, prohíbo que se haga la disección de mi cuerpo bajo ningún pretexto y deseo expresamente que permanezca en la habitación en que yo haya fallecido durante cuarenta y ocho horas, dentro de un féretro que hará de ser clavado solo después de transcurridas dichas cuarenta y ocho horas. [...][Se transportará] mi cadáver al bosque de mi propiedad en Malmaison, donde sin mayor ceremonia habrá de ser enterrado en el primer matorral que se vea al entrar al bosque. [...] Una vez que la tumba haya sido cerrada, el piso deberá quedar cubierto de bellotas, para que todas las huellas de la tumba desaparezcan de la faz de la tierra con la misma rapidez que espero desaparezca mi recuerdo de las mentes de los hombres...[38]

Sade muestra su salida del laberinto. Pero la salida de este laberinto implica el saber que decir “yo soy” es una ficción inaceptable. Y es ahí donde se marca más profundamente que nunca la imposibilidad de la elección. Hegel muere y se opta por Kierkergaard. Porque niega que la tesis del yo-ideal, pueda de alguna manera conciliarse con la antitesis del yo. Finalmente concluye con la tragedia angustiante de decir que la dialéctica es inconciliable, y la síntesis es imposible, negando toda idea de progreso en la búsqueda de uno mismo. Y en donde el conocimiento de lo que soy, se limita a una negación del espíritu falso de mi rostro. Haciendo ver a todo mundo que el ser, ontológica y antroponotlógicamente no es sino una máscara de la nada, una construcción sin bases ideales que le otorguen legitimidad tanto filosófica como ética.

Finalmente, me gustaría recalcar que lo último que desearía lograr con este ensayo es someter a un juicio valorativo a Sade y señalarlo como un desequilibrado. Ya ha sido víctima de la psiquiatría de su tiempo, y del poder absolutista del orden clásico, como para seguir apaleando su memoria. Sino más bien, el objetivo se encaminaría a señalarnos a nosotros mismos, a través de una cuasi-metodología señalada por Lacan, a nuestros grados de neurosis de esquizofrenia paranoica y nuestro pobre código binario de las relaciones que ni por medio del leguaje, se esclarecen. Que ni siquiera en la intimidad de nuestro diálogo personal o en los escritos, logra uno reconocer la identidad. Es decir, replantear la función misma del autor en relación consigo mismo y señalar la fatalidad que Sade descubrió al salir del laberinto, a través del asesinato hegeliano y de la imposibilidad de rescatar algo concreto que no sea un No Absoluto en relación a la personalidad: Estamos solos, inclusos desamparados de nuestra voz; y no hay nada en el universo que pueda comprobar que no somos sino una carcaza flotando sobre el aire.

Bibliografía

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NOTAS

[1] Estudiante de la Universidad Complutense de Madrid. Corresponsal de Carta Psicoanalítica en Madrid.

[2] Bataille, Georges. La Literatura y el mal. Ed. Taurus, Madrid, 1971. p 137

[3] Cfr. DIDIER, Béatrice. Sade. Ed. Fondo de Cultura Económica, México D.F. 1997. p 37

[4] Cfr. DU PLESSIX GRAY, Francine. El marqués de Sade, una vida. Ed. Suma de Letras, Madrid, 2002. p 133

[5] Ibid. p 135

[6] RAYMOND, Jean. Un retrato del marqués de Sade. Ed. Gedisa, Barcelona, 1990. p 96

[7] DU PLESSIX GRAY, Francine. Op Cit.. p 137-138

[8] RAYMOND, Jean. Op. Cit. p 98

[9] “-Oh, refugio de amada soledad –excalmó Justina llena de fervor, dirigiéndose a la torre-. ¡Cuánto deseo morar bajo tu amparo. ¿Cómo será la abadía sobre la que te yergues? [...] ¡Oh, ciudadela de virtud! –pensó la joven, mirando la fachada de piedra del monasterio-. [...] Sólo aquí podré encontrar la paz verdadera...” Resulta de lo más significativo que el monasterio solo prolongó sus desdichas al caer en las garras del padre Severino y compañía. Cfr. SADE, Donatien Alphonse Francois. Obras Completas. Tomo I. Ed. Lagusa, México D.F. 2003.  p 116

[10] COVARRUBIAS, Miguel. Papelería en tramite. Carta de Sade al teniente del Rey en la Bastilla, el Caballero Saint Sauveur, fechada de Diciembre de 1785. Ed. Castillo, Monterrey, 1997. p 146

[11] BATALLIE, Georges. Historia del ojo. Prólogo por Margo Glantz. Ed. Coyoacán, México D.F. 2003. p 17-18

[12] DU PLESSIX GRAY, Francine. Op. Cit. p 215

[13] DIDIER, Béatrice. Op. Cit. p 127

[14] SADE, Donatien Alphonse Francois. Obras Completas. Tomo II. Ed. Lagusa, México D.F. 2003.  p 149

[15] CAMUS, Albert.  Hombre de Letras, el Marqués de Sade. Sur. N. 205, Noviembre de 1951, Argentina. p 3

[16] Ídem. p 4

[17] MILLER, James. Citando a Nietzsche. La pasión de Michel Foucault. Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996 p 222

[18] Cfr. ALLOUCH, Jean. Marguerite. Lacan la llamaba Aimmé. Ed. Piscoanalítica de la Letra, México D.F., 1995 p 18

[19] Cfr. ROUDINESCO, Elisabeth. Lacan. esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento. Ed. Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2000. p 63

[20] Cfr. Ídem.

[21] Cfr. Ibid. p 65

[22] LACAN, Jaques. De la psicosis paranoica y sus relaciones con la personalidad. Ed. Siglo XXI, México DF, 1985. p 159

[23] ROUDINESCO, Elisabeth. Op. Cit. p 70

[24] Íbid. p 82

[25] Cfr. Íbid. p 104-106

[26] Íbid. p 107

[27] Íbid, p 105

[28] Íbid p 107

[29] LACAN, Jacques. Escritos. Ed. Siglo XXI, México D.F. 1994. p 86-93

[30] SADE, Donatien Alphonse Francois. Obras Completas. Tomo I. Ed. Lagusa, México D.F. 2003.  p 181

[31] SADE, Donatien Alphonse Francois. Oeuvres. Tomo II. Ed. Gallimard: París, 1995. p 403

[32] DU PLESSIX GRAY, Francine. Op. Cit. p 270-273

[33] MILLER, James. Op. Cit. Citando a Antonin Artaud. p 130

[34] DU PLESSIX Gray, Francine. Op. Cit. p 520

[35] DU PLESSIX Gray, Francine. Op. Cit. p 520

[36] KAFKA, Franz. El Proceso. Unidad Editorial, Monterrey, 1999. p 205

[37] BATALLIE, Georges. El erotismo. Citando a Blanchot. Ed. Tusquets, Barcelona, 2002. p 195

[38] SADE, Donatien Alphonse Francois. Obras completas. Tomo II. Ed. Lagusa, México D.F. 2003, p 301-302

 

 

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