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La construcción del Cuerpo; la Constitución Subjetiva en el campo de los problemas del desarrollo

Miércoles 7 de abril de 2010, por Araceli Franco A., Graciela M. Oliveto, Mauricio Gómez A.

Las palabras, para tomar sentido,
deben tomar cuerpo.


 


 “Tengo tres hijos y… el de parálisis cerebral”, refiere una madre.


¿Cómo puede ese niño nombrado ‘El de la Parálisis Cerebral’, trasponer el ser ese padecimiento a sólo tenerlo y ser un niño, un hijo?.


El cuerpo subjetivado se sostiene en lo imaginario, y su fragmentación pone en evidencia la fragilidad de esa apariencia.


¿Por qué decir que el cuerpo se construye?...¿Cómo se anuda la construcción del cuerpo con la constitución subjetiva?...¿Qué ocurre cuándo un niño que presenta un cuerpo dañado, no logra adecuarse a la imagen esperada-idealizada de sus padres?...¿Qué imagen genera?...y, ¿Qué imagen se construye él mismo?...


Nuestro texto parte de tres afirmaciones:


1. El parto no coincide con el advenimiento de un sujeto


2. No nacemos con un cuerpo constituido


3. Para construirse un cuerpo y advenir un sujeto se hace necesario un Otro que a través del lenguaje le presente el cuerpo al niño.


Pretendemos, desde la disciplina de la psicomotricidad y el psicoanálisis, lograr una articulación entre lo que estructura y constituye a un sujeto y, ese organismo biológico que va madurando, desarrollándose y construyéndose en un cuerpo habitado por un niño.


Para ello, abordaremos brevemente algunas de las teorizaciones de E. Levin en el campo de la psicomotricidad, la cual es comprendida por él desde una lectura psicoanalítica, lo que le ha permitido profundizar sobre el desarrollo psicomotor del niño, desde una perspectiva estructural. Es decir, en la dialéctica del deseo que se enuncia desde el campo del Otro, buscando centralizar su atención en el sujeto que vía el acto psicomotor, se pone en juego.


Para este autor, ‘La psicomotricidad es una articulación, a partir de un orden simbólico (el lenguaje) que posibilita tomar el cuerpo, los gestos, el movimiento, el tono, el espacio, las posturas, los objetos y el tiempo como el decir corporal de un sujeto; decir que se mira y se dice’(…). De este modo, la psicomotricidad se aleja, por un lado, del discurso que toma al cuerpo como objeto en y por sí mismo, el cuerpo como ‘cosa’; y por otro lado se aleja de la terapéutica del juego corporal por el juego corporal mismo, para constituirse, entonces, en la clínica que se ocupa de las perturbaciones psicomotoras del sujeto’.[2]


El devenir de un sujeto tiene su origen antes de que el niño nazca; para los padres, antes del parto, el niño es ya una hipótesis, una promesa y un proyecto. El hijo no nacido aún, soporta ya el ideal de sus padres, inventando–creando, un hijo de acuerdo con ese ideal, anudándolo al deseo. Posibilitando también, una filiación y un destino…un porvenir.


Aún cuándo no haya nacido biológicamente, hay ya un cuerpo orgánicamente formado, sexuado, pero a la vez, entrecruzado por palabras y símbolos, que nombran e interpelan un sujeto y, no exclusivamente a sus órganos.


Antecedido de expectativas, el niño al nacer, es tan solo un organismo vivo que produce tono, movimientos reflejos, miradas, sonrisas reflejas, prensión, sonido, posturas, coordinaciones, etc. que requiere de Otro que a través del lenguaje posibilite junto con dichas producciones, lograr un cuerpo subjetivado, anudando el lenguaje en ese que va siendo de a poco un cuerpo.


El desarrollo psicomotor es un proceso en el cual interactúan diferentes etapas de construcción corporal donde el sujeto, es siendo en su cuerpo.


En una primera fase, la del cuerpo tónico, las primeras emociones se manifiestan por el tono muscular; éste se integra en la estructura de movimientos reflejos, los cuales son siempre particulares, singulares y propios de cada niño; a través ellos va registrando lo agradable y lo molesto.


Al nacer, el cuerpo esta fragmentado, la unificación proviene del Otro, dándole significación.[3]


Es a partir del Otro que el tono muscular toma sentido al erotizar su cuerpo tornándose un recorrido del cuerpo carnal al cuerpo pulsional (del cuerpo-órgano a cuerpo simbólico).


Para que la función motriz se instaure en el registro del placer deberá inscribirse una marca simbólica que la anude con la estructura, es decir, con la dialéctica del deseo. Es necesario ser deseado para poder investir el cuerpo a través del Otro.


Lo motor por sí mismo y en sí mismo no hace lazo social, es necesario que el Otro funja como espacio simbólico que permita que el bebe se constituya en tanto sujeto. Es así como el niño podrá habitar, apropiarse e investir su desarrollo psicomotor, singular y subjetivamente.


Al interrogar la madre al bebe acerca de qué le pasa. Creando un diálogo que ella establece, suponiendo un interlocutor: el niño. A quién le adjudica un saber y ella le pregunta. Éste le responde a través de reflejos (motricidad), y ella le da sentido humanizándolo al articularlo al universo del lenguaje y, re- inventándose mutuamente.


La madre funciona como espejo, reconociéndose a la vez en el niño y prestándole su cuerpo para que él pueda igualmente reconocerse a través de ella, funcionando como un doble espejo y constituyéndose una imagen que otorga unidad al bebé. Doble espejo que a su vez, también a la madre le devuelve ahora una nueva imagen: ser la madre de ese bebe que la imita en sus movimientos, que la re-conoce, que la mira, le sonríe y la llama.


 Es a partir de la imagen de la madre en tanto espejo, que el niño alcanza la unificación de su imagen. “La imagen del cuerpo está del lado del deseo”.[4]


El tono vehiculiza la primera modalidad de ser en su cuerpo y de ser en el Otro (diálogo tónico). Y a propósito, Esteban Levin señala: “No hay sujeto sin cuerpo y sin Otro, enlazados y anudados por la dimensión de la falta de objeto, que no es otra cosa que la puesta en acto del deseo del Otro en el cuerpo”.[5]


A medida que el bebe va integrando su imagen, los movimientos se alejan cada vez mas del carácter reflejo y, comienzan a aparecer en tanto auténticos encuentros de miradas y diálogos pre-verbales que permiten el relevo a una segunda fase: La del cuerpo instrumental.


El anudamiento del lenguaje en el cuerpo supone inscripciones simbólicas que hacen de la función motriz un instrumento del sujeto con el cual podrá desear hacer, desear moverse.


El movimiento se desenvuelve desde el estatismo a una progresiva conquista de lo dinámico, del recibir al tomar a través de la prensión voluntaria y el desarrollo postural que accede de lo horizontal a lo vertical logrando una mejor coordinación.


Sus movimientos cobran sentido a partir de las palabras del Otro, evolucionando de lo reflejo a lo social. Entre el movimiento reflejo y el lazo social, hay significación. Introduciéndolo así en la cultura.
“En el campo de la cultura, es el Otro el que inscribe nominado, el nacimiento de un niño.’[6]


Progresivamente el niño va adquiriendo apoyar menos su cuerpo en el otro lo cual supone una vivencia de unidad corporal y un acceso del niño a la representación, colocándole en la fase llamada Cognitiva. Misma en la que comienza a percibir tiempo y espacio, entrando al terreno de la abstracción, generalización, razonamiento y deducción. Que le permita preguntarse sobre lo que quiere y sobre el camino para lograrlo. Es, desde la interpretación de un cuerpo que se satisface el deseo.


De las experiencias emocionales resulta una imagen inconsciente ligada a su historia, en donde el cuerpo pasa a ser un significante, regido e incluido en lo simbólico, lográndose un giro que inició del cuerpo de la necesidad, al sujeto que desea a través de su cuerpo. Hablamos ya, de un cuerpo subjetivado.


El cuerpo es mediador entre el sujeto y el mundo, donde nuestras experiencias de la realidad dependen de la integridad del organismo, donde se anuda la motricidad en ese cuerpo subjetivado.


Vemos así, la importancia del papel que desde antes del nacimiento juega el deseo de los padres, quienes van preparando el camino para el advenimiento de un sujeto, anudándolo posteriormente a través de las palabras en el cuerpo del niño.


Sin embargo, entre el deseo anticipado de los padres y el recién nacido hay un desacople, una diferencia.


Cuando el hijo–ideal se ve contrastado con la llegada de un niño “especial”, la función parental se ve fuertemente cuestionada, pudiendo llegar a nivel tal de desajuste, que el niño, que era ya anticipado con un nombre, llega a convertirse en un hijo anónimo, sin filiación con los padres, pero sí en un hijo del síndrome.


De ser fijado al diagnóstico, el niño quedará anclado, a la misma posición siempre: la del cuerpo-órgano enfermo, marginándolo de la posibilidad de ser alguien más y no sólo algo más que un síndrome, discapacitándolo más allá de los limites del cuerpo. El cuerpo–órgano fallido permanece en muchos casos, en lo real, sin poder simbolizarse, sin poder constituirse en tanto cuerpo erógeno.


Desde esta fijación el niño soporta el espejo mortal de la organicidad en el cuerpo, que determinará su hacer, su existir e incluso la existencia de los demás. El diagnóstico implica un plan de vida que le condena, le anula como sujeto y lo convierte en una sola posibilidad: ser, parecer y padecer la discapacidad. [7]


Atrapado en esta rigidez, el niño queda con la potencialidad adormecida de poder simbolizar una imagen de su cuerpo, necesaria para acceder a un cuerpo simbólico que le permita pasar del cuerpo de la necesidad, a convertirse en sujeto deseante. Nos surge preguntarnos…¿será que la imagen cuerpo queda congelada en la imagen de un cuerpo sin cuerpo?.


En ese encuentro-desencuentro entre ese cuerpo con defectos y la confrontación con las imágenes idealizadas de los padres, serán con las que el niño deberá transitar para conformar su propio universo imaginario sobre el cual construirá un cuerpo erógeno y su subjetividad. La falla en lo orgánico implicará de los padres y luego del niño, el hacer un duelo por el cuerpo imaginado perdido.


“Esta presencia del órgano lesionado en lo real, que presentifica su cuerpo sin anudamiento significante, dificulta y entorpece, cuando no anula, la constitución subjetiva. De este modo, comprobamos que si la problemática orgánica no se simboliza, se corre el riesgo de crear una imagen fija e inamovible que podríamos denominar como imagen corporal en lo real, o una imagen órgano no especularizable.”[8]


Por el contrario, cuándo hablamos de que un cuerpo se ha subjetivado, y si por alguna complicación orgánica neuromotriz, el desarrollo psicomotor se viera comprometido, podría pensarse que el niño accedería a una imagen y esquema corporal, aunque fallara en su ejecución. Él podría desear mover su cuerpo y no poder hacerlo, quedando confrontado con su propio límite, el límite que le impone el cuerpo mismo, y sin embargo, no será el mismo límite que impone la imagen y la palabra. Lo estructural y el desarrollo no son lo mismo aunque poseen puntos de encuentro.


‘Lo madurativo se mantiene simplemente como límite, pero no cómo causa’, refiere Alfredo Jerusalinsky[9]


Catalina es una chica de 13 años que asiste a tratamiento psicoterapéutico desde hace 4 años. Inicialmente fue derivada al servicio de Psicología clínica en la institución en la que recibía diferentes rehabilitaciones dado su padecimiento. Catalina presenta un síndrome metabólico degenerativo, mismo que le fue diagnosticado cuando tenía 4 años. Hasta ese momento, Catalina presentaba un desarrollo somático y psicomotor correspondiente con su edad. Los padres refieren que era una bebe sana y sonriente. Nada de su desarrollo les hacía parecer que algo del orden de lo orgánico estuviera presente. Catalina fue una niña que no presentó problema alguno en su desarrollo psicomotor: su lenguaje se presentó antes de los 3 años; las diferentes habilidades sensorio-motrices, del lenguaje y cognitivas hacían parecer un desarrollo sano. Alrededor de los cuatro años, los padres y el médico tratante observaron una detención generalizada de su desarrollo: Catalina no crecía y sus funciones motoras comenzaron a dificultarse. La marcha se complicó y el movimiento en general. Se le practicaron un sin número de estudios hasta finalmente dar con el dx: se trataba de un síndrome metabólico degenerativo y comenzaba a mostrar sus efectos. Lo más evidente para Catalina y sus padres, fue la pérdida de la marcha, así como la fuerza, el tono muscular y sus movimientos en todos sus miembros. La masa muscular se fue perdiendo, lo que impedía al músculo desarrollarse. Poco a poco fue dejando de realizar todas aquellas actividades psicomotoras propias de una niña de esa edad. Se le practicaron varias cirugías ortopédicas con el fin de evitar la pérdida de la marcha; se utilizaron aparatos ortopédicos con el mismo fin, y diversas rehabilitaciones físicas indicadas por los médicos. Sin embargo, a los padres desde el momento en que el dx les fue dado, se les refirió que se trataba de un padecimiento degenerativo y sin cura alguna. Que las terapias sugeridas sólo serían con el fin de conseguir un mantenimiento físico y que no perdiera más funciones. Y, buscar desarrollar lo que no estaba comprometido: su potencial intelectual. El cual, dado las características del síndrome; éste ataca fundamentalmente funciones neuromotoras, pero en absoluto funciones cognitivas. 


Catalina estuvo expuesta por varios años a diferentes cirugías y tratamientos ortopédicos sin poder evitar de manera significativa el desarrollo deteriorante del padecimiento. Aprendió a leer; la escritura la consiguió con grandes dificultades, dada la enorme limitación en el movimiento. Su aprendizaje y su inserción escolar han sido exitosas, con ayuda de las diferentes terapias rehabilitatorias que ha recibido, así como toda una serie de adecuaciones curriculares que le han facilitado el aprendizaje. Fue integrada a un jardín de niños regulares, y así se graduó del pre-escolar y la primaria. Actualmente cursa el 1 año de secundaria.


Catalina fue referida al servicio, posteriormente de habérsele practicado la última cirugía ortopédica, la cual no tuvo éxito. Los padres al presentarse a la entrevista clínica mostraban, -principalmente la madre-, una franca angustia, de ver ‘la gran tristeza que abatía a Catalina’, quién parecía día a día perder el movimiento que hasta ese momento no había estado comprometido: su sonrisa. Así como su entusiasmo para salir adelante y continuar con las terapias de mantenimiento (término empleado en rehabilitación física). Se arrancaba las uñas de raíz y de un día a otro, dejó de hablar, pero especialmente a la madre. Catalina presentaba un cuadro depresivo importante y ameritaba una intervención. Tanto así como la contención y el trabajo con los padres, quiénes a su vez, víctimas de la tristeza y la desilusión ante tanto intento fallido por ayudar a Catalina a recuperar-se, ellos también estaban a punto de no seguir más. Sentían que ya no podían dar un paso más. Era mucha la frustración a la que habían estado expuestos al paso del tiempo y, contados los logros.


El tratamiento psicoterapéutico fue y sigue siendo de vital importancia para Catalina y sus padres. Ha jugado un papel importante a lo largo de los diferentes épocas y retos que se le (s) han presentado. Durante el proceso ha sido de suma importancia trabajar con ellos pero sobre todo con Catalina, alrededor de todo lo que para ellos al paso del tiempo ha significado encararse con el padecimiento que presenta, el cual día a día, se expresa de manera severa. Re-encontrarse los padres en su relación con esa hija en un cuerpo que desconocían con todo cuánto ellos, antes del dx, habían fantaseado, idealizado e incluso desarrollado en Catalina. Hacer el duelo por el cuerpo sano que un día Catalina tuvo y perdió; por todas aquellas actividades y funciones que ella tenía y no tiene más; actividades que evoca y puede describir con facilidad. Recuerdos cargados de nostalgia. En el trabajo psicoterapéutico se ha ido destacando que en Catalina existe, y de ahí el ir re-creando, una imagen corporal sana de sí misma, más allá de ese cuerpo suyo enfermo. Fue encontrando junto con sus padres y su terapeuta, el que, a pesar de su padecimiento, presentaba sí, grandes potencialidades a desarrollar. Una de ellas, el lenguaje. Catalina a la fecha, es una gran oradora y gusta de escribir discursos sobre los niños con Capacidades Diferentes y la importancia de ser aceptados e integrados socialmente. Es una buena alumna académicamente, socialmente aceptada y entusiasta para continuar con su rehabilitación. Hoy sabe que no volverá a tener ‘aquel cuerpo que tuvo’, pero que eso no le impide realizar muchas otras actividades que también desea. Por ejemplo: en su graduación de la primaria, participó en el baile, sentada en su silla de ruedas. Y fue la encargada de crear y leer el discurso de despedida, representando a su generación.


Situación que permite inferir la importancia de los primeros años de Catalina, en particular la relación temprana con la madre, la cual seguramente estuvo bañada por un río de significantes a esa pequeña bebe sobre la que los padres depositaron expectativas, sueños e ilusiones. Un cuerpo-órgano sobre el que fueron construyendo gestos y deseos, a partir de esos primeros movimientos reflejos que parecían ‘responder’ a esas primeras preguntas de los padres, favoreciendo una construcción de un cuerpo erógeno, para ser habitado por un sujeto: su hija Catalina.


Las inscripciones que los padres de Catalina realizaron en ella a través del lenguaje, han servido para adaptarse a su entorno, pudiendo decirse que la cultura ha quedado definitivamente escrita en su cuerpo.


Actualmente Catalina se encuentra ante una nueva aventura, un nuevo reto: la adolescencia, edad en que la sexualidad es vivida en forma manifiesta; esta chica de 13 años enfrenta un nuevo reto: hacer un duelo por la imagen inconsciente del cuerpo infantil que le posibilite vivir la creación de una nueva imagen acorde a su edad.


En esta tarea entra en juego tanto su propia subjetividad como el vacío simbólico de una cultura que no le ofrece registro para su sexualidad y que incluso busca reprimirla.


Al nacer, la cultura nos acoge y nos vuelve personas promoviendo las potencialidades que valora significativamente y decidiendo que tipo de individuo humano necesita o desea articulando el orden de lo biológico con lo psíquico.


El cuerpo de Catalina confronta esta promoción del ideal por la excepción de su forma, ante la cual se ha erigido una red institucional, que estructurada entre la medicina y la justicia, señala, clasifica e interviene a través de una disciplina cultural que implica la domesticación del cuerpo, del comportamiento y de las aptitudes bajo la justificación social y moral de una supuesta defensa de la sociedad y sus ideales culturales. (Foucault, M.[10])


El cuerpo de Catalina y su sexualidad combinan lo imposible y lo prohibido de aquello que la cultura busca normatizar y que en ella implica un nuevo momento en la dinámica de la construcción de su imagen y de sí misma, para iniciar este viaje, Catalina lleva en su equipaje un cuerpo que corresponde al de una niña de 5-6 años, un cuerpo asimétrico en lo que se refiere al tórax y miembros superiores en relación a su cabeza, que corresponde con su edad cronológica , sin marcha, con grandes dificultades en tono y fuerza muscular; con un desarrollo intelectual adecuado; con un desempeño académico y social bueno; una linda sonrisa, una charla agradable y simpática, un arreglo personal que cuida, pero también con mucha incertidumbre hacia donde seguir sus pasos aún cuando no puede caminar.


Es a partir de la imagen del cuerpo que un niño y en este caso, esta niña-joven, que podrá armar, jugar y componer el horizonte representacional.


La imagen corporal es la presentación imaginaria y simbólica del cuerpo, siendo justamente lo que le posibilitará amarrar lo real de su problemática. El esquema corporal es la construcción de la re-presentación de dicha imagen. Por lo tanto, no hay duda de que sin imagen (presentación) no se constituye el esquema (re-presentación).


Cómo hacer para que Catalina vaya estructurando una nueva imagen (la de adolescente) en la que esa imagen primaria que pudo constituir no quede congelada, detenida, fija y limitada a la de una niñita chiquita (tal como es su cuerpo real), que no repita el mismo escenario, estereotipándose, y que no se transforme en la niña de una sola imagen?...


E. Levin refiere que repetir la misma representación limitadamente, no sólo empobrece el universo representacional sino que lleva al sujeto a gozar sin salida de ella.


Cuál sería el qué-hacer de la psicomotricidad en este qué hacer con Catalina?...Pensamos en lo importante que sería con ella ayudarla a construir su femineidad.


Donde está su deseo?...El deseo del terapeuta es que se sostenga el deseo de Catalina, apoyado en la transferencia, el psicomotricista actuaría en tanto puente entre la imagen corporal actual y la imagen corporal pasada, perdida. Imagen a tomarse en cuenta, desplegándola, permitiendo así, poder simbolizarla. 


Y para ello, tendrá que ponerse en escena con toda su enigmática fuerza, sustentando el escenario que motoriza la imagen deseante del sujeto.


Como transformar esa inmovilidad ?...Desde la terapia psicomotriz decimos, Ayudando a Catalina a transitar del movimiento estático a gestos significantes. Buscando en cada sutil movimiento lo mejor para su funcionalidad.


Catalina está toda ella investida de lenguaje; es en él, en el que se deberá anclar para crear otra imagen: crear una nueva superficie de proyección acorde con su edad y también con todo el peso de su subjetividad.


Para terminar, nada mejor que unas palabras de F. Dolto[11], para cerrar nuestro trabajo: La imagen -decía-, responde al deseo de ser; y del Otro el espacio simbólico que lo potencializa.


México, DF, a 27 de Octubre de 2006





[1]Artículo presentado en el Primer Congreso Psicoanalítico CIES, ‘Las Prácticas Psicoanalíticas en el México Contemporáneo’, 27, 28y 29 de octubre de 2006, México DF.


* Psicoanalista. Miembro fundador de REDES (Equipo interdisciplinario para la Atención de los Problemas del desarrollo’)


* Psicoterapeuta. Miembro fundador de REDES (Equipo interdisciplinario para la Atención de los Problemas del desarrollo’).


* Psicomotricista. Miembro fundador de REDES (Equipo interdisciplinario para la Atención de los Problemas del desarrollo’)


[2] Levin, E. (1991),  La clínica psicomotriz. El lenguaje del cuerpo. Ed. Nueva Visión, Argentina. pp. 44-45


[3] Levin, E. (2003), Discapacidad, Clínica y Educación, Nva. Visión, Argentina.


[4] Dolto, F. (1984), La imagen inconsciente del cuerpo, Paidós, Barcelona, 1986. pp. 33


[5] Levin, E. (1995), La infancia en Escena, Nueva Visión, 2ª ed. Argentina, 1977. pp. 31


[6] Levin, E, ibidem, pp. 22


[7] Levin, E. (2003), Op. Cit., pp. 39


[8] Levin, E. (1994),  Los estigmas del cuerpo, en Escrito de la Infancia, Año II, no. 3, FEPI, Argentina.


[9] Jerusalinsky, A. (1988); Psicoanálisis de los problemas del desarrollo infantil, Nva. Visión, Bs. As., pp. 32


[10] Focault, M. (1999); Los anormales, F.C.E, 2ª. Ed., México, 2000.


[11] Dolto, F. (1984), op. Cit.

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